Hace unas semanas me encontré con un meme en redes sociales que me hizo reír. Básicamente, mostraba a una figura —los 50 años— persiguiendo a los nacidos en 1976, recordándoles que muy pronto cumplirían medio siglo de vida. Mi risa no fue inocente. Fue una reacción de reconocimiento. Durante años, los 50 fueron una cifra abstracta. Hoy tienen nombre y apellido. Y yo estoy entre aquellos a quienes el meme señalaba.
Sin nostalgia, hice un paneo por lo vivido: logros profesionales, viajes, familia, la experiencia de haber residido en otros países. También aparecieron las pérdidas, la muerte, los momentos que marcan. Y entonces pensé: ha sido muchísimo. Si los 50 llegan —porque llegar a ellos también es un privilegio—, los recibiré con una cierta plenitud, la de quien ha sido feliz, ha sabido agradecer y aún quiere seguir adelante, acumulando experiencias y construyendo recuerdos.
Y sí, los 50 están muy cerca. En mi caso, llegan en mayo. Ya casi me alcanzan, pero no hace falta correr, como en el meme. Tal vez se trata, más bien, de detenerse y abrir los brazos. Seguir soñando, ayudar, amar. Entender que un número no transforma la vida de un día para otro, aunque sí puede cambiar la forma en que la miramos. Quizá se camina con más conciencia, con un sentido distinto del tiempo.
En lo personal, me he propuesto algo simple: seguir saliendo al mundo. Conocer parques nacionales en distintos países, dejarme atravesar por la energía de la naturaleza, rodearme de la gente que amo. En esta etapa, agradecer se vuelve una forma de equilibrio: a Dios, por la posibilidad de seguir compartiendo con mi madre Ana; a mis amigos, mi pareja, mis hermanos. También aprender a soltar lo que no suma. No como una consigna, sino como una práctica. Porque, al final, no se trata de la edad que tenemos, sino de cómo decidimos habitarla.
Hay algo curioso en todo esto: durante mucho tiempo pensamos la edad como una línea recta, casi como una meta que se alcanza. Pero tal vez no sea así. Tal vez cumplir los 50 años no es llegar a un lugar, sino aprender a estar de otra manera en el tiempo. Valorarlo más. Con menos prisa, con menos ruido, con una mirada más afinada y empática para distinguir lo importante de lo accesorio. Si eso es lo que traen consigo los 50, entonces no hay nada que temer. Llegaron. Y no para explicarlos, sino para vivirlos.




