Racismo, memoria y negación en tiempos de polarización
Recientemente publiqué un video en mi cuenta de TikTok, @elprofedeviaje76, sobre Oak Alley, una plantación de caña de azúcar en el estado de Louisiana, Estados Unidos, cuya majestuosidad fue construida a partir del trabajo forzado de personas esclavizadas traídas desde África. En el short menciono la precariedad en la que vivían y los dispositivos de control utilizados para evitar su escape. Traigo este tema a colación no para promocionar el audiovisual, sino por un hecho que me generó profundo ruido: en la sección de comentarios, una mujer escribió que “el peor error de los Estados Unidos fue liberarlos”.
No se trata de una opinión excéntrica ni aislada, sino de la persistencia de una lógica colonial que sigue viva en ciertos imaginarios sociales. La impronta del racismo —esa construcción histórica que defendió la supuesta superioridad blanca sobre otros cuerpos y colores de piel— continúa operando de forma explícita, lo que resulta alarmante. La violencia de ese comentario revela por qué determinados lugares incomodan cuando se los mira más allá de la postal y del recorrido turístico banal, sin la criticidad necesaria para comprender los hechos históricos que allí ocurrieron.
El racismo, además, no es exclusivo de Estados Unidos. En América Latina se consolidó desde la colonia a través de categorías como “indio” o “mulato”, destinadas a jerarquizar y minimizar a las poblaciones no blancas. El mestizaje, lejos de ser solo un proceso cultural, funcionó también como una herramienta de blanqueamiento simbólico, en la medida en que acercarse a lo europeo implicaba ascenso social y legitimidad. En países como Argentina, este proyecto tuvo consecuencias devastadoras: la casi total eliminación de los pueblos originarios del sur del país fue presentada durante décadas como un “éxito civilizatorio”, borrando la violencia que lo sostuvo. Como ha señalado la antropóloga Rita Segato, estas lógicas no desaparecieron con el paso del tiempo, sino que se reciclaron en nuevas formas de exclusión, jerarquización y negación.
Las redes sociales, en este contexto, no solo amplifican discursos: también los archivan. Funcionan como un registro incómodo del presente, permitiendo observar qué ideas siguen circulando cuando la historia se nombra y deja de ser decorado. Los comentarios no son simples excesos individuales, sino expresiones de sentidos sociales que encuentran allí un espacio para decirse sin mediaciones.
Recordar la esclavitud no es abrir viejas heridas. Es reconocer que esas heridas nunca cerraron del todo y que su negación continúa siendo una forma de violencia. En tiempos de extrema polarización política y de campañas abiertamente anti migrantes en diversas partes del mundo, la educación sigue siendo la herramienta más poderosa para desarmar estas miradas, cuestionar los discursos de odio y construir sociedades plurales, empáticas, capaces de pensar críticamente su propio pasado.




