En Política suele ocurrir que un hecho, un evento, no evidentemente político, termine siendo asimilado a sus designios e implicaciones, más, en este caso no hay manera alguna de separar, distanciar, la victoria de Venezuela en el Clásico Mundial de Béisbol, del contexto político, moral, en el cual está envuelta la Nación venezolana.
No es Venezuela en abstracto, es el país, en pleno pálpito, condición, política, social, económica, su irradiación geopolítica, es la nación que juega en el campo y está en las gradas.
Detrás de cada lanzamiento de Palencia iba el país repleto de esperanzas, sueños, emociones represadas, suspendidas. El país sediento de oportunidades, convencido de sus virtudes y autoestima. Listo para resplandecer, hacerle saber al mundo, a su anfitrión y aliado, que no somos el T.D.A., sino el país resiliente, de brillantes recursos humanos y naturales.
Demostrar al mundo nuestra sabiduría, destreza, en el deporte padre de los venezolanos, mejores émulos de la trayectoria histórica del Béisbol, curtida condición petrolera, relación natural con EE.UU y sus grandes ligas, desde tiempos inmemoriales.
Fue la determinacion de un equipo de venezolanos, de factura moral y deportiva óptima, ferrea unidad, fe en nuestro Dios, quienes a tablazo limpio, picheo impecable, desbarató el dique que reprimía la justa celebración, por la eyección de Maduro, jefe de la banda destructora de nuestra nación.
Fue mundial el grito celebratorio, libertario, de los venezolanos, se deshizo la camisa de fuerza. Fue el baño moral, la Epifanía necesaria para reafirmar nuestro propósito de cambio. Fue Omar López, el sereno estratega de esta épica, quien mostró a la nación venezolana el diamante de la elevación moral, afectiva, poderosamente política, para reafirmar nuestra condición de país, que logra lo que se propone. Eso dijo López: ¡Vinimos a Ganar!.
Con este resplandor moral seguimos luchando por el campeonato de la libertad y la democracia, la prosperidad, por un país de oportunidades para todos.




