#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana - II serie | Cabrujas, una telenovela de izquierda, por Isaac López* - Runrun
close
#NotasSobreLaIzquierdaVenezolana – II serie | Cabrujas, una telenovela de izquierda, por Isaac López*
Leer las compilaciones de El país según Cabrujas y El mundo según Cabrujas es un oficio grato. La visión punzante de un país que necesitaba un manual de instrucciones y no una Constitución

 

@YsaacLpez

A Carlos Alberto Sandoval, Carlos Alberto Alvarado y Carlos Alberto Hernández, dedico.

La contrafigura de la telenovela de las nueve es un joven estudiante de la Universidad Central de Venezuela, confundido en su tardía adolescencia, debatiéndose entre la novia interesada en la cotorra del profesor progresista, socio de una agencia de publicidad, y el querer irse a Nicaragua a participar en los cambios y transformaciones promovidas por la Revolución sandinista, hecho de trascendencia en un país que al contrario del suyo se mueve, protagoniza la historia, supera el eterno inmovilismo de la palabra crisis.

Era 1980 y Natalia de 8 a 9 rompía la audiencia de los seguidores de Radio Caracas Televisión, pequeño consorcio de comunicaciones propiedad mayoritaria de la familia Phelps. Petter Bottome, Hernán Pérez Belisario, José Antonio Ferrara, Arquímedes Rivero, Luis Guillermo González… eran los nombres detrás de la producción generada por lo que el sociólogo Tulio Hernández señaló como el verdadero Ministerio de Cultura de Venezuela, junto a la planta televisiva de los Cisneros, es decir, Venevisión. Ambas creadoras del «vínculo cultural más intenso con la población venezolana» (Presentación general del diagnóstico venezolano. En Cultura, Democracia y Constitución. Caracas, Monte Ávila Latinoamericana-CONAC, 1999, p. 12). Años después entrarían Eladio Lárez a la presidencia y Marcel Granier a ser la conciencia política de la empresa.

El producto del romance por entregas, protagonizado por una destacada actriz del melodrama local (heroína de Lucecita, La usurpadora y La indomable) y un rebelde y versátil actor del teatro universitario, que había causado revuelo por su actuación como Mortimer diez años antes, tenía sus antecesores y tendría también sucesores. Entre otros: Negro, La señora de Cárdenas, Silvia Rivas, divorciada, La hija de Juana Crespo, Gómez I y Gómez II –saga sobre el tirano andino que le costó demandas al escritor y a la estación de parte del grupo familiar–, Doña Bárbara, Canaima, Pobre negro, Boves, El Urogallo, Campeones, Estefanía, Chao Cristina, El ciclo de oro de Rómulo Gallegos, La mujer sin rostro y La dueña, a las cuales pronto se les puso etiqueta simplista y rocambolesca. Pues todo comenzó en el primer gobierno de Caldera y su imposición a los canales de hacer «telenovelas culturales».

Fotogramas de algunas de las telenovelas de José Ignacio Cabrujas.

Compararlo con lo producido en Brasil o en Cuba en la misma época da cuenta de nosotros. Fue sin embargo una búsqueda bastante honesta sorteando las restricciones y mentalidad de quienes “manejaban” el medio. Colombia vendría después y Fernando Gaitán –autor de la célebre Betty, la fea– diría que el eco del hermano país fue poderoso influjo en las historias de allá (Leonardo Padrón. Los imposibles).

Figura principal de la renovación del relato que construyeron entre otros Caridad Bravo Adams, Félix M. Caignet, Manolo Muñoz Rico, Delia Fiallo o Inés Rodena, siguiendo el folletín francés, fue el caraqueño José Ignacio Cabrujas. No la única ni exclusiva. A la lista hay que agregar a Salvador Garmendia, Román Chalbaud y Julio César Mármol, entre otros, pero sin dudas el hombre de las columnas semanales de El Nacional bajo el título El país según Cabrujas, fue referente fundamental.

¿Qué motivó a estos escritores de la izquierda cultural a trabajar en la televisión? Ni planes de infiltración por el PCV, ni estrategia de una célula de La Vega o Antímano, animadas por el Padre Wuytak, para renovar el espacio. La necesidad de vivir de las letras que producían fue la guía para entrar al burdel.

Ligado en su juventud al Partido Comunista y parte del movimiento teatral que abriría las compuertas a la renovación de las artes en los años sesenta, en su característica pose irreverente «el maestro» decía que su apoyo a las guerrillas consistió en acopiar latas de sardinas para enviar en las montañas a los hombres comandados por Douglas Bravo (El pensador pesetero, en El mundo según Cabrujas. Caracas, Editorial Alfa, 2009, p. 130). Una nota de prensa, sin embargo, reseña su detención por organismos de seguridad acusándolo de servir de intermediario con grupos subversivos.

En la reflexión de la izquierda latinoamericana de los años sesenta la televisión era un vehículo de colonización, «el huésped alienante» (Marta Colomina dixit), y la telenovela un subproducto dirigido a la enajenación de las masas. Menos mal a Cabrujas no se le ocurrió llevar a la escena de la pequeña máquina «mensajes» del teatro liberador como El llamado de la sangre de José Gabriel Núñez o Tu país está feliz de Antonio Miranda y Xulio Formoso. «El Fablistán» –como le llamaron cuando el escritor desplegó su cuestionamiento al «periodismo de farándula» ante su impacto sobre una joven Miss Venezuela– se cuidó de caer en los excesos de la radicalidad, quizás influenciado por los discursos provenientes de «el MAS de sus tormentos».

La Revista Bigott, de septiembre-diciembre de 2002, recoge tres artículos publicados en El Nacional en abril de 1995 por José Ignacio Cabrujas, los cuales dan cuenta de su tránsito y lidia con la escritura de telenovelas. El canal «amigo de todos», al igual que su competencia, eran en su tratamiento a la audiencia epítomes de la mediocridad. Racistas, mercantilistas, sectarios, dominados por el exilio cubano, refractarios al riesgo creativo, grotescos en su poder gracias al apoyo del Estado, difusores de contenidos tóxicos, de competencia arrabalera y desleal. Focos de imbecilización, propensos a torcer la información y educadores en horas muertas. Así definía y mostraba Cabrujas en 1995 a la televisión venezolana.

«…este país merece una televisión distinta; contemporánea, libre de mafias, novedosa y dispuesta a la aventura […] Porque no es posible que nuestra televisión se ampare, cínicamente, en la libertad de pensamiento […] ¿Cómo puede invocarse la libertad de pensamiento donde no hay pensamiento?», (Revista Bigott N° 62, Caracas, septiembre-diciembre, 2002, pp. 81- 88). No me vengan con idealizaciones ahora, porque todo se haya vuelto mamarracho. La nostalgia no da para tanto.

Ácido en su crítica a personajes hoy venerados como Carlos Rangel y Sofía Ímber; irreverente como para escribir: «nunca he creído demasiado en la obediencia de los militares ni en el celibato de los curas» (El mundo según… p. 133). Fue un agudo crítico de los partidos políticos de derechas e izquierdas. A Chávez no lo apoyó, pero lo colocó como un ícono solitario en un país donde nadie asumía su responsabilidad, considerándolo expresión premoderna y salvacionista fundada en una lectura de la cultura escenificada folclórica y campesina (Chavez, en El mundo según… p. 246).

Leer las compilaciones de El país según Cabrujas y El mundo según Cabrujas es un oficio grato. La visión punzante de un país que parecía más hotel de paso, que necesitaba un manual de instrucciones y no una Constitución. Pisadero, no patria. País del disimulo, sin majestad, sin gravedad, sin memoria. Sociedad del vivir postizo, de mascarada general, de apariencias consagradas. Por eso quizás la flexibilidad con la que al fin ha asumido estas dos décadas y media de chavismo. Gran país de destructores, cómo nos reconoceremos entre las ruinas.

Frívolo y superficial, ante el parecido que sus telenovelas finales fueron adquiriendo con las de Fiallo y Rodena transpiraba ironía al decir: «Yo escribo para las cachifas de la casa, no tengo la culpa de que las señoras de la clase media las vean». Sus heroínas de la última etapa: Emperatriz Jurado, Constitución Méndez o Diana Burgos terminaron repitiendo a su villana encarnada por la gran María Cristina Lozada en la estelar de Venezolana de Televisión entre los años 1984 y 1985.

La mala inteligente, astuta, sarcástica, que convencida de su aspiración es capaz de todo, la logrera. Solo que la trepadora y arribista, pérfida y manipuladora Emperatriz no termina con su amante presidente en un agradable exilio en Costa Rica, barragana intocable para siempre, sino demente pordiosera en el bulevar de Sabana Grande. La historia que no es. Ibsen Martínez haría otra cosa Por estás calles, en 1992, de la cual se supo aprovechar el canal, pero esa es otra telenovela, aunque sea el mismo dueño.

Sin embargo, por esto no habrá patronas mayameras, ni refritos portorros, que puedan con ella. En La dueña –el cénit de su trabajo con la telenovela local–, el dramaturgo caraqueño de la voz ronca hace decir a una magistral Fina Rojas, soberana de la Radio Rochela y convertida en histrión dramático: «Arrepentidos… equivocados, confundidos, este es el país de los equivocados. Equivocados estaban cuando apoyaron a Castro. Y después: no, que nos equivocamos, que ese no era el hombre. Que tal y que se yo… Después se anotaron con Gómez… Y entonces, que no, que no era. Que estábamos equivocados. Que nos confundimos. Que nos equivocamos otra vez. Entonces vino López, y este sí, este sí es el hombre, este es el que va a arreglar esto. El eterno cuento del palito mantequillero, el país de los arrepentíos…»

Aquí seguimos señor Cabrujas, tantos años después de su partida, un paso pa´ lante y tres pa´ trás…

isaacabraham75@gmail.com | 8 de marzo de 2023.

* Historiador. Profesor. Universidad de Los Andes. Mérida.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es