No podemos darnos el lujo de otro 2018. Si se escogió la ‘vía electoral’, pues que así sea. Pero hay que admitir en dónde estamos parados, aunque sea muy duro”
Es un hecho indiscutible que la oposición está adherida de nuevo a la “ruta electoral”. Ningún actor político relevante está llamando a salirse de ella. María Corina Machado, ganadora de la primaria de octubre que permanece inhabilitada y que insiste en que sea nominada la profesora Corina Yoris en representación suya pese al bloqueo sin explicación desde el poder, ha reafirmado una y otra vez estar comprometida con la senda en cuestión. Cómo logrará que su causa avance en tal sentido es algo que no sabemos, pero ahí sigue. Entretanto, otros ciudadanos ya están alineados con la candidatura de Manuel Rosales, por considerar que, de aquellas permitidas por la elite gobernante, es la que tiene mayor oportunidad de ganar.
En fin, el punto es que la dirigencia opositora ha depositado en el 28 de julio sus esperanzas para un cambio político en el corto plazo. Jamás me han gustado los discursos deterministas que plantean una “última oportunidad” para conseguir algo en política, incluyendo las alertas que hoy pululan en Venezuela sobre una condena del país para siempre al statu quo actual si la oposición no triunfa en aquella fecha. Una especie de avatar criollo para el desatino hegeliano sobre el “fin de la historia”, en este caso sin la felicidad de un cuento de hadas sino todo lo contrario. La política, como todo fenómeno humano, es menos predecible que eso y puede dar giros radicales cuando todo el mundo solo espera continuidad. Por otro lado, no es mentira que cuando una población ávida de cambio no lo consigue en un momento de grandes expectativas, el resultado suele ser una depresión y una resignación colectivas de indefinida duración, hasta que surja una nueva oportunidad.
De manera que sí. Esta elección presidencial, si así puede llamársele, es de importancia inmensa y el costo para todos los venezolanos fuera de la élite gobernante sería inmenso si el deseo de reforma termina truncado una vez más. Desperdiciar el evento sería entonces un error terrible. Todo o casi todo comentario sobre política venezolana de mi parte por estos días, incluyendo el presente artículo, tiene como intención un aporte modesto al esfuerzo para que no haya tal desperdicio. Dado que el voto ganador es un paso indispensable más no suficiente en la dirección escogida, me propongo colaborar con que ocurra.
Pero es precisamente por esto que me resulta tan desconcertante la manera en que se está haciendo el llamado a votar desde la corriente de opinión que se identifica como su paladín más fiel. Aquellas personas que se montaron en el Rocinante de un Henri Falcón devenido en figura quijotesca en 2018, con exhortos a que sufragar por él sin ninguna estrategia para lidiar con los obstáculos de un proceso comicial en las condiciones políticas que, sabemos todos, imperan en Venezuela. En vez de admitir que fue un error, no la convocatoria a las urnas, sino el haberla hecho como semejante omisión, hasta el sol de hoy culpan a un llamado a la abstención formulado entonces por el grueso de la dirigencia opositora, como si eso hubiera sido capaz de lavarle el cerebro a las masas y hacerles creer que escollos reales eran solo ficciones.
Seis años después, los referidos individuos incurren en la misma práctica, a mi juicio muy contraproducente: una pretensión de ignorar el contexto o de edulcorarlo, pues, dicen ellos, lo contrario desalentaría el voto o, vaya ridiculez, constituiría un clamor “abstencionista”. Parece que están convencidos de que el ciudadano común es demasiado estúpido para notar las trabas del sistema por cuenta propia y que solo lo harán si un tercero se las señala. Yo más bien pienso que esta infantilización de las masas es lo que en realidad desanima a todo aquel que de otra forma estaría decidido a votar. A nadie le gusta que lo traten como a un niño incapaz de lidiar con situaciones difíciles. A nadie le gusta que se burlen de su inteligencia. A nadie le gusta que le digan que va dar un paseíto por el parque cuando lo que tiene frente a sí es una travesía en el Sahara de punta a punta.
El paroxismo de la actitud edulcorante lo acabamos de ver con los pronunciamientos de los presidentes de Colombia y Brasil sobre la situación política venezolana. Gustavo Petro y Lula da Silva no hicieron más que decir obviedades al respecto, que sorprendieron no por su contenido en sí mismo sino por la ruptura de ambos con una tendencia a hacerse los desentendidos. No obstante, algunos venezolanos con complejo de Splenda se manifestaron en contra, aduciendo que esos comentarios no ayudan. En otras palabras, están señalando que sus compatriotas no son capaces de reparar en su propio entorno sin que un extranjero se los muestre. Así de absurdo. Irónicamente, estos son los sujetos que se la pasan haciendo gala de su supuesto sentido “realista” de la política.
No podemos darnos el lujo de otro 2018. Si se escogió la “vía electoral”, pues que así sea. Pero hay que admitir en dónde estamos parados, aunque sea muy duro. No hay virtud alguna en hacer como los avestruces.
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