En 1988 participé en Caracas en un grupo experimental de estudiantes de composición con el maestro colombiano Blas Emilio Atehortúa, gran compositor latinoamericano y extraordinario pedagogo. Él insistía, con un énfasis casi provocador, en que la inspiración, dentro del proceso creativo, no existía. Lo afirmaba sin matices, con una convicción que no dejaba mucho espacio para la duda. Para él, crear tenía que ver mucho más con la imaginación —con el oficio, con la construcción consciente— que con cualquier destello espontáneo atribuido al azar o a fuerzas externas. Lo repetía tantas veces que, sin darnos cuenta, terminó instalándose en nosotros como una especie de verdad indiscutible, casi un dogma.
Y, sin embargo, la historia está llena de relatos donde la inspiración aparece, irrumpe, sorprende. Podría detenerme en varios de ellos, incluso en algunos propios, pero eso abriría otro camino y alargaría innecesariamente este texto.
Leyendo y acompañando las vidas de esos grandes dioses musicales universalmente conocidos —y también de esos músicos anónimos, de a pie, que sin fama ni vitrinas son dioses a su manera—, hay una pregunta que vuelve una y otra vez, casi como una inquietud íntima de quien se asoma al acto de crear: ¿la música nace de la inspiración o de la imaginación? Y la respuesta, cuando uno se detiene a escucharla de verdad, no es un “o” que separa, sino un “y” que integra, que hace simbiosis.
La inspiración tiene algo de misterio. Aparece cuando quiere, sin pedir permiso. Invade. A veces llega en forma de una melodía que parece ya completa, como si alguien la hubiese dejado caer en nuestras manos. Otras veces es apenas un gesto, una intuición, cuatro notas sin mayor pretensión. Es frágil, fugaz. Y, curiosamente, no siempre es espectacular. A veces la inspiración es pequeña, incluso tímida.
Recuerdo haber leído que muchos compositores han hablado de ella como si fuese una visita. Wolfgang Amadeus Mozart la describía como algo que le venía de golpe, casi terminado. Vivaldi interrumpía sus oraciones y meditaciones, para escribir la melodía que le llegó de repente. Piotr Ilich Tchaikovsky, en cambio, tenía una relación más terrenal: decía que “la inspiración visitaba, sí, pero había que estar trabajando para que te encontrara”.
Porque si uno se queda esperando la inspiración, puede pasar mucho tiempo sin escribir una sola nota. En cambio, la imaginación no espera. La imaginación trabaja. Es el músculo silencioso del creador. Es lo que toma esa chispa inicial y empieza a preguntarse cosas: ¿y si esto cambia de dirección?, ¿y si esto se repite?, ¿y si ahora callo?, ¿y si lo digo de otra manera?
La imaginación, por otra parte, no es un relámpago; es un proceso. Es “más cercana al oficio que al milagro”. Es la que organiza, la que desarrolla, la que da forma. Es la que convierte una idea en música. Y, sin embargo, tampoco puede existir del todo sola. Porque cuando la imaginación trabaja sin una chispa inicial, corre el riesgo de volverse mecánica, correcta, pero vacía, diría yo.
En la práctica —esa palabra tan poco romántica y tan necesaria— la creación se parece más a un ciclo que a una decisión. La inspiración enciende algo; la imaginación lo desarrolla, el trabajo lo sostiene… y, en medio de todo eso, aparece una nueva inspiración. No la misma, no la primera, sino otra, nacida del proceso mismo. Y el ciclo es casi interminable.
Recuerdo que mi maestro compositor Antón García Abril nos decía dos cosas: “un compositor es quien sabe escribir notas, pero un buen compositor sabe dónde NO escribir notas”. Otra frase que le escuché —esta vez no en clases, sino en una cena, saboreando un buen vino portugués— fue: “el verdadero compositor es más amigo del borrador que del lápiz”.
Es curioso: muchas veces, en pleno trabajo —cuando ya llevamos un buen rato moviendo notas, probando, descartando, corrigiendo— aparece de pronto una idea mejor que la inicial. Más clara, más honesta. Y uno podría pensar que esa es “la verdadera inspiración”. Pero lo cierto es que esa chispa no habría surgido sin todo lo anterior. La imaginación, sostenida en el tiempo, termina provocando nuevas formas de inspiración. Y no ocurre solo en la música: esto mismo que estoy escribiendo es ya el cuarto intento de acercarme, con otras palabras, a una idea que todavía se me resiste.
La creación musical se parece mucho a una conversación. La inspiración dice una frase. La imaginación responde. Luego corrige, insiste, duda, propone otra cosa. Y en ese intercambio, la música empieza a tener sentido. No como un momento aislado, sino como un recorrido. No como dos conceptos alejados, sino complementarios.
Para quienes trabajamos con el sonido —ya sea componiendo, arreglando, enseñando— esto tiene una consecuencia muy concreta: no podemos depender de la inspiración, como decía Atehortúa. Pero, refutándole un poco, tampoco podemos ignorarla. Hay que aprender a reconocerla cuando aparece, aunque sea en su forma más simple. Y luego, hay que trabajarla. Sin miedo, sin prisa, pero con constancia.
Tal vez por eso, en el fondo, la diferencia entre quien crea y quien no crea no está en quién tiene más inspiración, sino en quién está dispuesto a sentarse a desarrollar lo poco que tiene. Cuatro notas pueden ser suficientes. Un gesto mínimo puede abrir un mundo. Pero ese mundo no se construye solo.
Hay una imagen que me acompaña desde hace tiempo: la inspiración es una chispa. La imaginación es el aire que la aviva. Y el trabajo, paciente y a veces invisible, es la leña que permite que ese fuego no se apague. Sin chispa no hay inicio. Sin aire no hay crecimiento. Sin leña no hay permanencia.
Y al final, cuando escuchamos una obra terminada, solemos pensar en la genialidad, en el talento, en ese instante mágico donde todo ocurrió. Pero rara vez vemos el proceso. Las pruebas fallidas, las decisiones descartadas, las ideas que no funcionaron. Todo eso también está ahí, aunque no se escuche.
Quizás lo más honesto sea aceptar que todos tenemos, en alguna medida, esa chispa. Pero no todos decidimos cuidarla. Crear no es un acto reservado para unos pocos iluminados. Es, más bien, una práctica sostenida, una forma de estar en el mundo, una manera de escuchar y responder. Lo he repetido muchas veces.
Y entonces, la pregunta inicial —¿inspiración o imaginación?— empieza a perder fuerza. Porque la música, como la vida, no depende de una sola cosa. Es una mezcla de momentos, de intuiciones y de decisiones. Un balance, a veces frágil, entre lo que aparece y lo que vamos construyendo.
Quizás, al final, la respuesta más cercana sea esta: la inspiración nos visita, pero la imaginación la invita a quedarse. Y entre ambas, con paciencia y con oficio, hacemos música. Hacemos vida.juanpablocorreafeo@gmail.com



