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Lo que nos debe la izquierda, por Alejandro Armas
A los izquierdistas criollos los insto a que tengan la humildad de admitir que sus referentes internacionales dejan muchísimo que desear en cuanto a su abordaje del tema venezolano

 

@AAAD25

No es poco lo que se ha hablado, en tono de aprobación o reprobación, sobre un supuesto giro de la sociedad venezolana hacia la “derecha”. Es difícil saber si eso efectivamente ha ocurrido, y no solamente por el desierto estadístico que hay en nuestro país. El problema, aparte de cuantitativo, es cualitativo. Es semántico. Estoy seguro de que muchos de los venezolanos que se autoproclaman de “derecha” y que muchos de los que comentan sobre tal “derechización” no entienden lo que esa palabra significa. Tal ignorancia no se les puede reprochar. Es tanto el abuso que se ha hecho de etiquetas políticas como “derecha” e “izquierda”, casi siempre con sentido peyorativo, que la confusión conceptual es excusable.

Lo cierto es que un número no preciso de venezolanos que antes abrazó otras corrientes ideológicas, o ninguna, ahora se adhiere a aquellos idearios típicamente englobados bajo el término “derecha”. La razón es sencilla. Se trata de una reacción al discurso y la simbología ubicuos de una elite gobernante que les arruinó sus vidas. Un discurso y una simbología colmados de elementos asociados con la “izquierda” y que de hecho se identifica orgullosamente como “izquierdista”. Entonces, si los responsables de tanta desgracia dicen ser de izquierda y se lo recuerdan al ciudadano en cada oportunidad, pues cabe esperar que muchas de sus millones de víctimas asuman que por default lo contrario, es decir la derecha, es lo correcto. Ajá, pero, ¿qué significa “ser de derecha”?

Debido al desorden semántico aludido, no hay una respuesta uniforme a esta pregunta. Pero convengamos en que ser de derecha supone una combinación cualquiera de las siguientes posturas, con exclusión de alguna o algunas dependiendo de la persona: rechazo al estatismo, tener la libertad individual en alta estima, preferencia por que la sociedad se adhiera a roles de género tradicionales y desagrado hacia la sexodiversidad.

La inmensa mayoría de las personas no consume bibliografía ideológica. Al menos no a gran escala. Son pocos los que toman un libro de Lenin, Mises o Chateaubriand. Las identidades políticamente ideológicas más bien se arman por lo general mediante procesos típicos de socialización. La observación de dirigentes políticos, sobre todo en los medios de comunicación, es clave en tal sentido. Pero resulta que en Venezuela los referentes políticos de derecha son pocos y además el debate doctrinario está sofocado por la discusión de cómo lidiar con el régimen chavista. De manera que muchos venezolanos interesados en saber cómo ser de derecha se han buscado sus referentes en otras latitudes.

Por razones obvias, en aquellos países que tienen vínculos culturales e históricos fuertes con Venezuela, como España y Estados Unidos. Y muy a menudo esos referentes los encuentran en las corrientes más radicales. No solo porque el ruido y las emociones fuertes que suscitan las hacen ideales para la difusión en medios de comunicación tradicionales y redes sociales. También porque, debido a cierto maniqueísmo y a un afán en complacer sesgos de confirmación, algunos asumen que si la izquierda (i.e. el chavismo) es mala, pues entre más a la derecha, mejor. De ahí la fascinación de tantos venezolanos con personajes como Donald Trump o Santiago Abascal.

Tales simpatías resultan incómodas para aquellos conciudadanos (entre los cuales me cuento) que profesan aversión al extremismo político de toda índole. Para otros, con preferencias marcadas hacia la izquierda, aunque no apoyen al gobierno por su autoritarismo y corrupción, son nauseabundas e inconcebibles. Si la izquierda oficialista criolla es impresentable, quisieran que más bien todos nos decantáramos por sus propios referentes extranjeros, como Lula da Silva, los representantes del ala “progresista” del Partido Demócrata norteamericano o los señores de Podemos. Porque, además, según insisten estos compatriotas, esos son los políticos de afuera con los que la oposición venezolana debería tender puentes, pues serían mediadores ideales en un diálogo con el chavismo para poner fin a la debacle nacional. No con ultraderechistas toscos, dicen, cuya agresividad excesiva hace que la elite gobernante venezolana cierre filas en torno a sus planes antidemocráticos.

Como dije, a estos venezolanos les asombra que sus paisanos tengan afinidad hacia el populismo ultraconservador que tanto ha avanzado en Europa y Norteamérica. Y que lo hagan en tal cantidad. Pero lo verdaderamente asombroso es su asombro. Yo podré estar convencidísimo de que el trumpismo y Vox son tóxicos para la política de sus respectivos países. Pero puedo entender perfectamente que haya bastantes venezolanos encantados con ellos. Porque, aunque sea pura retórica y sus intenciones reales de asumir costos para ayudarnos a lograr el cambio político en Venezuela sean en el mejor de los casos bastante dudosas, al menos llaman a las cosas por su nombre. Se refieren a la realidad venezolana con todo el espanto que le es inherente. No escatiman detalles sobre la miseria socioeconómica en la que viven las masas, ni sobre la persecución cruel de opositores.

¿Y qué tenemos al otro lado del espectro ideológico? Pues a una izquierda en casi todos los casos genuflexa y pusilánime con respecto a lo que pasa en Venezuela, cuando no abiertamente cómplice. Tenemos a Gustavo Petro pidiendo el fin de la investigación en la Corte Penal Internacional por violaciones graves y sistemáticas de derechos humanos. Tenemos a Lula negando que en Venezuela haya autoritarismo y diciendo que todo eso es una “narrativa construida”. ¿Cómo demonios hay venezolanos que dicen adversar al régimen, pero pretenden que sus conciudadanos aplaudan semejantes burlas a las víctimas del mismo y semejantes muestras de alineación firme con los intereses de la clase gobernante? ¿Cómo pretenden vendernos la idea de que esos son mediadores ideales, si un mediador es neutral y estos señores claramente no lo son?

Quizá los más insensibles sean los venezolanos radicados en países desarrollados cuyas elites culturales y académicas se inclinan por la izquierda en mayor o menor grado y que adoran a políticos como Lula. Con tal de no alienar a dichas elites, actúan como si el rechazo que genera entre sus compatriotas el presidente brasileño fuera un disparate reaccionario. Como si, mucho antes de sus impresentables palabras de la semana pasada, Lula no hubiera sido un promotor de los negocios de empresas brasileñas corruptas en Venezuela, esas que dejaron un sinfín de elefantes blancos y tomaron parte en el saqueo a la República, lo que las hace corresponsables del sufrimiento de millones. Yo entiendo que quieran congeniar con sus colegas en los pasillos de facultad de ciencias sociales en alguna universidad estadounidense. Pero es el colmo del egoísmo y del conformismo que para ello haya que despreciar una indignación justa, desde un entorno relativamente cómodo, mientras los venezolanos en la madre patria padecen la inflación galopante, las colas interminables de gasolina, los apagones, etc.

Nada de esto es nuevo. Ha pasado casi un cuarto de siglo y ya podemos hablar en términos históricos. Digamos entonces que la izquierda internacional históricamente no ha hecho lo correcto con respecto al chavismo. Bien sea por alcahuetería ideológica, chulería de petrodólares o ambas. Cuando Hugo Chávez estaba desmontando las instituciones democráticas, ¿qué gobiernos lo criticaron? Los de George Bush (algo que continuó Barack Obama, hay que decir), Vicente Fox, Álvaro Uribe y Alan García (en su faceta “neoliberal”). La izquierda mantuvo el pico cerrado todo ese tiempo o lo abrió para hacer eco al discurso miraflorino. Solo a partir del desconocimiento de la Asamblea Nacional controlada por la oposición en 2016 y de la represión horrorosa de protestas el año siguiente, algunos gobiernos izquierdistas se expresaron en contra, aunque tímidamente, como el de Michelle Bachelet en Chile (una tendencia que prosigue hoy Gabriel Boric, lo cual se aprecia, aunque no es suficiente). Con la fatiga por la falta de avances en la causa por la restauración de la democracia y el Estado de derecho en Venezuela, la izquierda es la primera lista a pasar la página y volver a entenderse con Miraflores como si acá no ocurriera nada extraordinario.

Entonces, a los izquierdistas criollos los insto a que tengan la humildad de admitir que sus referentes internacionales dejan muchísimo que desear en cuanto a su abordaje del tema venezolano.

Si tanto les escandaliza ver a gente de este país avalando a Trump o a Abascal, pues asumir que la raíz del problema es que son solo trogloditas ultramontanos no va a cambiar las cosas. Por el contrario, expresarse de esa manera hará que reafirmen su encanto con la derecha populista. Lo que tendrían que hacer, más bien, es increpar a sus correligionarios allende nuestras fronteras. Obviamente no pretendo que puedan llamar por teléfono a la Casa de Nariño o al Palácio do Planalto y regañar a sus ocupantes. Pero por alguna parte hay que comenzar. El primer paso pudiera ser dirigirse a sus contactos en el mundo académico con militancia política afín. Crear poco a poco una red de influencia para cambiar las cosas, hasta que en la izquierda la posición predominante ante el drama venezolano sea decente. Aunque tal vez sea una fantasía, me parece que intentarlo no está de más. La izquierda, dentro y fuera de Venezuela, nos lo debe. Si quiere contar con nuestra estima, tiene que pagar esa deuda.

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