A 50 años de Pdvsa

Pdvsa falleció joven, algún día de enero de 2003, cuando 20 mil empleados –la mitad de la nómina y la mayoría de sus profesionales- fueron echados a la calle por defender la meritocracia

Hace 50 años, el 29 de agosto de 1975 para ser más precisos, se promulgó la ley que reserva al Estado venezolano la industria de los hidrocarburos. El paquete legislativo entró en vigor el 1 de enero de 1976 con la puesta en marcha de la casa matriz Petróleos de Venezuela S.A., Pdvsa, junto a sus 14 filiales operativas provenientes de las antiguas concesionarias y de la estatal Corporación Venezolana del Petróleo. Pdvsa duró 27 años, lo cual es un tiempo muy corto para una empresa de sus dimensiones, complejidad, volumen de reservas, instalaciones, capacidad de refinación, potencial de producción, activos internacionales y experticia de sus empleados, por solo mencionar algunos atributos. Como referencia, Shell tiene 118 años de fundada, Exxon 155, General Motors 117, General Electric 133 y las jovencitas Toyota y Aramco 88 y 92 respectivamente.

Pdvsa falleció joven. La fecha del deceso se puede fijar en algún día de enero de 2003, cuando 20 mil empleados –la mitad de la nómina y la mayoría de sus profesionales- fueron echados a la calle por defender la meritocracia y enfrentarse a un gobierno que desde que llegó al poder le puso el ojo a la joya del Estado venezolano, con los fines non-sanctos de arrimarla a su demagogia y llenarla de política, clientelismo y corrupción. En algún artículo de hace años comparé a PDVSA con el club de los 27, el grupo de músicos jóvenes y famosos que dejaron este mundo a esa temprana edad, estando en la cima de sus carreras. Brian Jones, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Pete Ham, Kurt Cobain y Amy Winehouse, entre otros artistas menos conocidos de la misma edad, pasaron de plano por culpa de sobredosis, intoxicaciones y hasta suicidios (Ham y Cobain), en lo que fue una secuela de la vida disipada y revuelta que les tocó vivir.

Pdvsa, a diferencia del club de los 27, no murió por sus propias manos. No fueron heridas autoinfligidas ni excesos de sustancias tóxicas. No la acabaron sus gerentes ni sus obreros ni los sindicatos. A PDVSA la mató su dueño, el Estado. O mejor dicho, el delegado del Estado, es decir, el gobierno de turno. Así de simple. El gobierno de Hugo Chávez la fue llevando hasta el barranco y cuando estaba en el borde la empujó. Y si alguien tiene dudas sobre la defunción que compare a la empresa de 1998 con lo que hoy queda de ella. Que compare los 3,3 millones de barriles diarios de producción con los escasos 850 mil de hoy, o la refinación de 1,2 millones con los 200 mil de hoy, o las instalaciones bien mantenidas, operativas y en crecimiento con la chatarra que apenas subsiste dentro del maltrato y el empeño en borrarla del mapa. O la deuda cómoda de 5 mil millones de dólares comparada con los impagables 80 mil millones de hoy.  

En un conversatorio en línea de hace unos días sobre, precisamente, el medio cupón de PDVSA, se ventilaron las diferentes posiciones sobre el destino de la industria petrolera cuando regresen la democracia y el orden. Así como hay gente que apuesta por la privatización total y sin contemplaciones de todo lo que huela a petróleo o gas natural, hay quienes defienden, con un dejo de justificada nostalgia, el carácter estatal y soberano de los hidrocarburos. Gente que querría regresar a su oficina en Chuao o en Judibana y revivir los tiempos en que había meritocracia y se jugaba en grandes ligas.

El asunto es que el regreso de la Pdvsa estatal no resiste, como mínimo, dos análisis fundamentales. El primero es económico o, para ser más preciso, financiero. Los estudios más serios que se han presentado sobre la recuperación de la producción y la infraestructura petrolera revelan que el flujo de caja durante los primeros años del esfuerzo llegaría a cerca de los 20 mil millones de dólares negativos. O sea, que el Estado tendría que contar con esa cantidad, desembolsarla generosamente y luego esperar unos cuantos años para recuperarla, a medida que la producción se eleve y los dólares empiecen a fluir en la dirección de los ingresos. Es obvio que ese dinero no está ni estará disponible durante una eventual transición hacia la democracia, y quién sabe hasta cuándo.

El segundo análisis es más conceptual y menos de números, pero igual de contundente ¿Porqué entregarle el tesoro a quien ya lo destruyó una vez? Se podrá argumentar que a Pdvsa la mató el chavismo y no los 40 años de democracia, pero igual siguen las dudas. En una sociedad culturalmente inclinada a los caudillos -llamémoslos “líderes fuertes”- y con instituciones crónicamente débiles, ¿alguien puede asegurar que no habrá otro Chávez esperando por el favor del soberano –y por el pescuezo de PDVSA- dentro de 10 o 20 años? ¿Hay alguien esbozando un cambio cultural de la sociedad venezolana, de manera de vacunarnos contra los autoritarismos? Creo que no. Y para curarse en salud, mejor dejar el petróleo en manos de terceros y mandar al gobierno a manejar la transición, apagar fuegos y dedicarse a sus –mínimos e indispensables- menesteres.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Alberto Rial
Alberto Rial