Si hay algo que siempre me ha incomodado del entorno literario es la centralización agobiante que esta materia impone en Venezuela. Los eventos, librerías, actividades y hasta la residencia de los mejores autores del país están en Caracas, con la notable salvedad de iniciativas como la Filuc.
Desde el resto del país —mal llamado "interior", ¡qué palabra más absurda!— hay incluso quienes claman que las reseñas y los trabajos críticos suelen abordar en su mayoría a escritores capitalinos. De esto no tengo certezas, pero sí puedo dar fe de haberlo escuchado un par de veces.
Gran parte de esta centralización, sin embargo, no es producto de una exclusión consciente —o al menos esa es mi opinión—, sino de los problemas económicos que ha atravesado Venezuela a lo largo de esta última década y media. Lógicamente, las ciudades más grandes concentran más recursos para inversiones y tienen una sociedad mejor pagada, que puede consumir cultura sin sentirse culpable.
El inconveniente de esto es que, conforme se deterioran las condiciones financieras a escala nacional, el mundo de las letras, y particularmente las librerías, padecen una recesión de importantes consecuencias. Por ejemplo, no podemos dejar de valorar este factor si analizamos la crisis de consumo de productos literarios en nuestra juventud. Los muchachos de las provincias no pueden acceder a la literatura con facilidad, tampoco tienen la posibilidad de asistir a eventos relacionados con el tema; si a eso le sumamos los problemas estructurales, es lógico que las letras no tengan demasiado valor para ellos.
Hay estimaciones de que la cantidad de librerías que se mantienen en pie es de apenas una treintena, en todo el territorio. De las bibliotecas, ni hablar; además, por muy poco que nos guste, la realidad es que las obras de este tipo se han convertido en un producto de consumo. Los libros se compran, se poseen y se resguardan como parte del capital cultural personal…
En esta nueva Venezuela que parece abrirse paso con más preguntas que respuestas, será interesante no dejar de tomar en cuenta esto. Siempre he pensado que una de las formas en las que se puede atacar el problema es dar incentivos a aquellos pequeños emprendedores con ganas de establecerse en este mercado. La reducción de algunas responsabilidades tributarias podría ser una opción viable: después de todo, no es lo mismo comerciar con comida rápida que con libros. Sin que lo primero deje de ser un oficio honrado, definitivamente lo segundo supone una inversión mucho más riesgosa.
De hecho, hace poco cerraron la que por bastante tiempo fue mi librería favorita: un lugar modesto, acogedor y lleno de cosas interesantes. Desconozco el motivo exacto de la clausura, pero cada vez que paso por esa calle y veo la santamaría abajo, pienso que esto podía haberse evitado.
De vuelta a la descentralización, sería bueno que las autoridades que vayan a tomar las riendas del país —sean las que sean— también hagan inversiones en llevar la literatura a los rincones menos favorecidos. Los muchachos en situación de vulnerabilidad económica, y sobre todo aquellos que viven en pueblos olvidados, no pueden padecer de ningún tipo de dejadez cultural. Ellos también van a formar parte del país que viene. Ellos también tienen derecho.





