Ha terminado la Filuc 2025 y puedo escribir con mayor tranquilidad luego de una semana tan ajetreada. Es, además, un deber casi moral para mí presentarme acá, tras dos semanas sin actualizaciones por estos mares.
Por segundo año consecutivo recorrí los pasillos de la Braulio Salazar durante todas las jornadas de la feria. Me gusta decirle a la gente que lo hice por compromiso; para colaborar con El Carabobeño haciendo entrevistas y escribiendo algunas notas como parte de la cobertura. A pesar de que esto es cierto, la realidad es que incluso sin esa responsabilidad habría estado allí todo el tiempo posible.
La Filuc se ha convertido para mí en una pequeña patria de la cual me siento parte. En esta región del país —y en casi todas, con excepción de la capital— la vida cultural no es efervescente durante el resto del año; la gente no habla de literatura y las librerías parecen ceder terreno, a pesar de que algunas estadísticas puedan reflejar lo contrario. Por eso, los cinco días del evento suelen ser sagrados para mí, porque terminan siendo un bálsamo en medio de la situación que ahora describo y de los problemas financieros que nos rodean.
El único motivo de este aprecio incondicional es el placer de simplemente estar allí. Sentir que durante una semana las letras verdaderamente le importan a la sociedad. Camino, veo los libros, pregunto por los precios, entro a las conferencias, me reencuentro con amigos, me tomo un café; siempre junto a la invaluable presencia de mi compañera de vida, que también intenta hacer espacio en su agenda para visitar el lugar.
No quiero atreverme a jugar con adjetivos: este es un balance hecho íntegramente de apreciaciones, de sentimientos. Creo que esa pequeña patria también se debe a la democracia y pertenece a las más de 60 mil personas que contabilizó la organización. Algunas presencias resultaron gratas, otras no tanto. No importa, en el mundo que debemos construir cabemos todos, o al menos un simple periodista no pretende tener la potestad de excluir a nadie.
Tampoco puedo dejar pasar la mención a la presentación de mi propio libro. Eso se lo agradezco a la vida. Formar parte de la programación era una meta que tenía pendiente por cumplir. Me acompañaron gratamente varios amigos, además de mi editor y mi padre, que se sentaron a mi lado durante la charla. También estuvo allí la directora de esta casa editorial, la señora Carolina, de quien he aprendido varios aspectos valiosos de la profesión, a pesar de que nuestros encuentros han sido contados.
En fin, fueron cinco días en los que me sentí feliz. Y si en algún momento he intentado ayudar a tomar consciencia al público carabobeño, es porque sueño con una sociedad mejor. Ingenuidades de la edad, quizás. Quién sabe...
Si Dios o el guionista del destino lo dispone para todos nosotros, nos veremos el año que viene.
