MAR DE LETRAS

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Tituba: esclavitud, brujería y otredad

Tituba es pagana abiertamente, y ahí está el primer acierto de la novela. Condé invierte radicalmente la noción occidental que asocia al cristianismo con lo humano y lo bondadoso

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No salgo del Caribe. Esta semana me sumergí en una historia que inicia y termina en Barbados, y fue escrita por una autora guadalupeña. Me refiero a Yo, Tituba, bruja negra de Salem, de Maryse Condé.

En síntesis, la obra narra la vida de Tituba, una mujer esclavizada que presenció la ejecución de su madre, quien fue sentenciada tras el intento de asesinato de su amo luego de que este la intentase obligar a mantener relaciones sexuales con él.

Después del suceso, Yao, su padrastro, se suicidó tragándose su propia lengua, y la protagonista del libro quedó en manos de Man Yaya, una bruja reconocida en la isla por parte de los hombres y mujeres traídos de África que vivían bajo el yugo de los blancos europeos.

Tituba es pagana abiertamente, y ahí está el primer acierto de la novela. Condé invierte radicalmente la noción occidental que asocia al cristianismo con lo humano y lo bondadoso, y al resto de las religiones con una especie de maldad intrínseca. Tituba, quien practica la brujería, no se estigmatiza a sí misma; tampoco niega su propia naturaleza. Mira sus prácticas como una herencia ancestral desprovista de cualquier noción maniquea judeocristiana; no puede ser “diabólica”, porque el diablo no existe en su cosmovisión.

Otro de los aspectos a tomar en cuenta en la novela es la sexualidad y el amor. Tras la muerte de Man Yaya, la ahora heredera de unos poderes que, en el universo que la autora crea, tienen la indiscutible capacidad de interferir en la propia existencia, se termina por enamorar de otro esclavo, John Indien, con quien se casa más adelante de una forma un poco frívola.

A pesar de que Tituba es una mujer relativamente libre —entiéndase, no tiene una relación de esclavitud con ningún blanco, pues vive sola a orillas de un río, en una casa hecha con sus propias manos—, termina por acceder a la idea de ser adquirida por la “ama” de su ahora amante. En este proceso, descubre su propia sexualidad sin pudor en medio de una sociedad puritana, cuya característica principal es el miedo a un Dios castigador.

Poco después, la pareja fue traspasada a un religioso que decide marcharse a Salem. Allí, la flamante bruja sigue dando rienda suelta a sus facultades, que usa en todo momento para el bien; para curar, para ayudar, para mejorar la vida de los demás. Finalmente, el temor colectivo a un Satanás omnipresente hace que se desate un estado de euforia generalizado, cuyo desenlace es la condena a la horca de varios habitantes del lugar, incluyendo a la heredera de Man Yaya.

No obstante, Tituba gozará de un indulto general que le permitirá volver a su Barbados natal, aunque esta vez sola, pues su marido decidió formar parte del amplio grupo de acusadores en su contra, con la idea de salvarse de la pena capital.

Tenemos entre manos, entonces, una historia interesante, que está atravesada por las luchas sociales más importantes de los últimos años. Condé pinta a una protagonista que incursiona en una especie de feminismo moderno —en ocasiones anacrónico, todo sea dicho— y, sobre todo, que consigue cuestionarse el statu quo del momento; que no se siente inferior por su color de piel y que despoja de estigmas los goces de su propia vida.

Tituba no concibe su otredad como una abominación del demonio. Su mirada, paradójicamente, es más racional que la de aquellos europeos moralistas que la rodean. Sus dioses no entran en conflicto con los de los demás, ni le ordenan odiar a quienes no piensen como ella. Es un alma libre en un mundo que todavía no está preparado para recibirla; en un entorno de barbarie moldeado por quienes dicen ser enviados de Cristo.

Debo finalizar aclarando que Tituba sí existió, pero que los detalles de su vida no son claros. Este libro es una ficción producto de la capacidad creadora de la escritora caribeña.

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Tituba: esclavitud, brujería y otredad

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