Después del aplauso

El artista que hace del escenario su hábitat —músico, bailarín, actor— termina inevitablemente convirtiéndose en amigo del aplauso.

Desde el día en que decidí dedicar mi vida a la música, descubrí que existían, por lo general, dos maneras distintas de reaccionar ante esa decisión. Casi siempre comienza igual, con la típica pregunta social: “¿A qué te dedicas?”. Y entonces respondo: “Soy músico”.

Allí es cuando suelen aparecer dos caras de la moneda.

La primera reacción casi siempre viene acompañada de una sonrisa amplia, cálida, incluso luminosa: “¡Ay, qué lindo!”. Y enseguida aparece una frase que he escuchado incontables veces: “Me hubiera encantado ser músico…”. Después llega un pequeño suspiro, una mirada breve perdida en algún punto del vacío y, por un instante apenas, pareciera asomarse la nostalgia de un sueño que nunca ocurrió.

La segunda reacción es muy distinta. Más incómoda. Más seca. A veces incluso involuntariamente cruel. “No, no… en serio. ¿Qué estudiaste?”. Como si la música no fuese realmente una profesión. Como si detrás de ella no existieran años de estudio, disciplina, sacrificio, frustraciones, ensayos interminables, escenarios, fracasos y renuncias. Como si dedicarse a la música fuese apenas un pasatiempo simpático y no una forma profundamente seria —y muchas veces agotadora— de vivir.

En ambos casos —desde la admiración hasta el menosprecio— siempre aparece el mismo fondo: la idea de que el músico vive expuesto a la mirada de los demás.

El artista que hace del escenario su hábitat —músico, bailarín, actor— termina inevitablemente convirtiéndose en amigo del aplauso. Del que se escucha afuera y también del que se lleva por dentro, como sugiere maravillosamente Mónica Montañés. Porque toda exposición humana busca, de algún modo, reconocimiento. A veces llega. A veces no. Y en el mundo del arte, ese reconocimiento suele tomar la forma de unas manos que se encuentran en el aire para decir, sin palabras: “te vimos”, “te sentimos”, “valió la pena”.

El aplauso, como forma de reconocimiento, existe desde hace miles de años. Ya en los teatros de la Antigua Grecia y la Antigua Roma la gente reaccionaba colectivamente para expresar entusiasmo, admiración o aprobación. Con el tiempo, esa costumbre pasó al mundo de la música, la ópera, la política y los espectáculos en general. Pero más allá de la tradición, el aplauso tiene algo profundamente humano: es una manera de decir, sin palabras, “esto nos emocionó”, “esto nos tocó”. Quizás por eso sigue siendo tan poderoso. Porque durante unos segundos, muchas personas sienten lo mismo al mismo tiempo.

Pero hay un momento del que casi nadie habla. Un instante extraño, pequeño, silencioso, que ocurre justo después del último aplauso. No durante el concierto, no en el clímax de la obra, no en el saludo final. Ocurre después. Cuando las luces empiezan a apagarse, cuando el público se levanta lentamente de las butacas, cuando alguien recoge una chaqueta olvidada, cuando el teatro comienza a vaciarse y el músico, todavía con algo del escenario pegado al cuerpo, empieza a regresar a la vida común.

Hace apenas unos minutos había emoción, intensidad, miradas, respiraciones compartidas, sonido vibrando en el aire. Y ahora, de pronto, alguien guarda cables, otro cierra estuches, alguien pregunta dónde dejaron una botella de agua. El hechizo empieza a deshacerse. El arte, que hace unos instantes parecía tocar algo casi eterno, vuelve lentamente a la tierra.

Y, sin embargo, quizás es allí, precisamente allí, donde empieza la parte más humana de la música.

A veces, tocar o cantar para otros produce algo difícil de explicar. Hay una especie de energía emocional que atraviesa el cuerpo entero. No importa si uno toca en el Teatro Teresa Carreño, en una iglesia pequeña, en una sala universitaria o en un restaurante con apenas veinte personas escuchando. Cuando la música ocurre de verdad, algo se mueve adentro. Algo se entrega. Y algo se desgasta también.

Por eso el silencio posterior puede sentirse tan intenso.

Muchos músicos conocen esa sensación. El concierto termina, la gente felicita, sonríe, abraza, comenta detalles, habla del repertorio. Pero luego llega el regreso. El taxi. El autobús. La caminata nocturna. El ascensor. La llave entrando en la puerta de casa. Y entonces aparece una sacudida emocional difícil de nombrar. No necesariamente tristeza. No exactamente vacío. Más bien una especie de eco emocional.

Hace un par de horas, alguien estaba intentando conmover almas con una sonata de Beethoven, o acompañando un coro que cantaba sobre la esperanza humana, o tocando música folklórica, o cantando sus propias canciones pop frente a un emocionado público. Y ahora está calentando comida en el microondas mientras contesta mensajes acumulados en el teléfono. La distancia entre ambos mundos puede ser enorme.

Quizás por eso muchos artistas sienten una relación tan compleja con el escenario; aunque agota, también ordena. Allí todo parece tener sentido: el estudio, los errores, los ensayos interminables, la disciplina, las horas solitarias. Durante unos minutos, todo converge en un instante compartido. Y cuando termina, queda una pequeña intemperie emocional.

Hay músicos que incluso se vuelven adictos a eso. No necesariamente al aplauso superficial, sino a la sensación de intensidad vital que produce hacer música frente a otros. Quizás porque durante el concierto uno deja de pensar en facturas, problemas domésticos, trámites, noticias, tensiones cotidianas. Durante algunos minutos existe solamente el sonido y la presencia. Tal vez por eso tantas personas describen la música como una forma de salvación momentánea.

Pero el aplauso tiene algo profundamente fugaz. Dura segundos. Con algo de suerte, esfuerzo y concentración, a veces disfrutamos minutos. Es algo efervescente. Luego desaparece. Y allí aparece una verdad incómoda: ningún aplauso logra llenar completamente a nadie.

Tal vez por eso existen músicos mundialmente famosos profundamente infelices, y músicos anónimos profundamente plenos. Llega un momento en que uno entiende que el verdadero valor de la música no está solamente en la aprobación externa, sino en aquello que ocurre íntimamente mientras se hace.

Recuerdo haber visto alguna vez a un músico veterano guardar su instrumento después de un concierto extraordinario. No parecía eufórico. Tampoco orgulloso. Había más bien una serenidad extraña en sus movimientos. Como alguien que entiende que la música no le pertenece del todo, que apenas pasa a través de él por algunos instantes y luego sigue su camino.

Quizás la madurez musical también consiste en aprender a convivir con ese silencio posterior.

Porque el concierto termina, sí. Pero algo queda vibrando. A veces durante horas. A veces durante años. Hay obras que continúan resonando dentro de uno mucho después de haber sido tocadas. Hay aplausos que se olvidan rápidamente, pero ciertos silencios permanecen para siempre.

Y curiosamente, algunos de los momentos más profundos de un concierto no ocurren cuando la gente aplaude, sino justamente antes. Ese instante suspendido, en el que la última nota acaba de sonar y nadie se atreve todavía a romper el silencio: allí ocurre algo casi sagrado. Como si durante un segundo todos entendieran, sin necesidad de palabras, que han compartido algo humano, frágil, intangible y maravilloso.

Tal vez por eso seguimos haciendo música.

No solamente por reconocimiento. No solamente por trabajo. No solamente por costumbre. Sino porque en medio de ese breve territorio entre el sonido y el silencio, entre el aplauso y la soledad, entre el escenario y la cocina de la casa, aparece algo que se parece mucho al sentido de la vida.

Y quizás sea precisamente allí, en ese silencio después del último aplauso, donde el músico finalmente se encuentra consigo mismo.
juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Después del aplauso

Juan Pablo Correa
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