A estas alturas, ya se debe haber dicho todo sobre el premio Nobel de la paz otorgado a María Corina Machado. Sin embargo, hay que resaltar el significado mayor de un galardón que comparte la venezolana con gente ilustre como Albert Schweitzer, Martin Luther King, la madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, Médicos sin Fronteras, Malala Yousafzai y Narges Mohammadi. Todos los nombrados dedicaron y dedican su vida a una causa noble, desde llevar la medicina moderna a la selva profunda, defender los derechos civiles de las minorías raciales y las mujeres hasta prestar la caridad más desinteresada a los menos favorecidos. En este sentido, el reconocimiento a la señora Machado viene por otra vertiente, quizás diferente a las que acabo de nombrar pero igualmente valiosa.
El breve discurso del secretario del comité Nobel lo dejó bastante claro: “por su incansable trabajo hacia la promoción de los derechos democráticos en Venezuela y por su lucha para lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”. En otras palabras, es la dedicación a promover la democracia en un país que la tuvo por 40 años y la perdió hace más de 5 lustros lo que hace a MCM merecedora de una distinción tan abrumadora y prestigiosa. Desde sus inicios en la ONG Súmate en 2002 hasta el día de hoy, Machado ha estado bregando por la instalación y consolidación de un régimen de libertades como el que tuvimos antes de 1999. Con altos y bajos, su resiliencia y compromiso con las ideas que ha defendido en todos estos años la llevaron a convertirse en la líder incuestionable de la oposición al chavismo, luego de las elecciones primarias de 2023. Y más tarde, en las presidenciales de 2024, lideró la estrategia que dejó en evidencia el robo de los votos y el fraude abierto y descarado que sacó del terreno al candidato opositor y ganador Edmundo González.
Hoy, María Corina está en la clandestinidad, González está en el exilio y los ocupantes del palacio de Miraflores son los mismos que hace 26 años. Pero, sorpresivamente, el juego sigue, la pelota está viva y este premio le atiza un gancho al hígado a los que mandan. Y la razón de que aún sobreviva la protesta es que la gente opuesta a la sargentada es una inmensa mayoría, y esa mayoría no se hubiera puesto en evidencia –junto al desprecio del chavismo por la decisión del soberano- sin las elecciones del año pasado. Fue todo tan obvio y tan improvisado que a nadie en sus cabales –excepto progres tarifados, beneficiarios de la revolución bolivariana y demás bichos de uña- se le ocurre decir que en Venezuela hay un sistema político legítimo y de libertades. A nadie se le puede creer si pretende argumentar que en Venezuela hay un gobierno elegido por el pueblo; y Machado ha sido una pieza clave para dejar sentado, ante el que quiera escuchar, la penosa situación que se vive en un país que fue libre y próspero hasta finales del siglo pasado. Un país en el que la oposición al gobierno no ha dejado de rebelarse, tanto desde adentro como desde el exterior. Un exterior donde viven 9 millones de paisanos que emigraron de su tierra por necesidad o por miedo.
Por supuesto que el Nobel de la paz va más allá de la denuncia de una dictadura en particular. En un tiempo en el que la democracia pierde interés y afiliados en muchas y muy diversas partes del globo, es más que necesario promover con todos los medios posibles “el peor sistema de gobierno, excepto por todos los demás”, que decía Churchill. Ante la deriva autoritaria –por la izquierda y por la derecha- que se manifiesta en los 5 continentes, cualquier pronunciamiento a favor de las libertades, los derechos del individuo y el equilibrio de poderes es bienvenido. Y más aún si se trata de un premio de la talla del galardón noruego.
Los que llegamos a vivir en libertad –de hacer, de pensar, de opinar, de trabajar- sabemos lo que se pierde cuando el autoritarismo llega y se instala a mandar por encima de las leyes. Sabemos lo que se siente cuando el primer disgusto del día coincide con una simple ojeada a las noticias. Y sabemos lo que se mueve cuando se compra un boleto de avión sin vuelo de regreso. Eso se llama vivir en dictadura. Y contra eso hay que seguir empujando, con todo, hasta que pasemos al otro lado.




