MAR DE LETRAS

Una mirada al mundo de la literatura, con sus obras, autores y anécdotas, desde una perspectiva cercana y fresca

Leer al Magallanes

En el día libre que hubo entre ese partido y el inicio de la serie contra Caribes, fui a mi pequeña biblioteca personal y saqué un libro que tenía guardado desde hacía al menos cuatro años

Magallanes
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Hace exactamente una semana —al momento de publicarse esta columna—, los Navegantes del Magallanes conquistaron su título número 14 en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional (LVBP). Pocos juegos antes de la final, cuando la nave se enrumbó a la consagración del carácter épico que mantuvo durante la campaña, me contagié de fiebre beisbolera y comencé a tomarme un poco más en serio la participación de mi equipo.

Recuerdo uno de esos encuentros ante Cardenales; una divisa que se ha convertido en el villano de la pelota criolla y ha instaurado su propia época de esplendor en las últimas temporadas. Llegada la novena entrada, abajo en el marcador, Renato Núñez bateó un elevado que Jeckson Flores atrapó sin problema. Un out. Al ver el gesto de alivio del jardinero, tuve la ingenua certidumbre de que perderíamos: era imposible remontar todos los juegos de milagro. Estaba equivocado, el Magallanes llevó ese encuentro a extrainnings, y en ese territorio hostil fue capaz de dar dos tablazos que sentenciaron a su rival.

Así transcurrieron las cosas hasta el último día del Round Robin, cuando mi equipo —perdonen ustedes el uso indiscriminado del adjetivo posesivo, pero todavía tengo fresca la emoción del título— se jugaba el boleto a la final ante Bravos. De perder, iríamos a un peligrosísimo juego extra contra los larenses, en el cual tenía la certeza de que viviríamos una tragedia deportiva. Nuevamente, no fue así; vencimos en Caracas y sellamos el pase para vernos en la cita decisiva con una de las franquicias que mejor se nos dan. No por nada hemos sido campeones tres veces en el "Chico" Carrasquel.

En el día libre que hubo entre ese partido y el inicio de la serie contra Caribes, fui a mi pequeña biblioteca personal y saqué un libro que tenía guardado desde hacía al menos cuatro años. Al comprarlo, lo archivé con la idea de disfrutarlo más adelante en una ocasión especial. Todavía conservaba la cobertura de plástico intacta. Lo destapé con temor, porque tenía varias lecturas pendientes que no podía postergar, pero el título de campeón no se disputa todos los días, así que decidí vivir el momento de la mejor manera posible y me adentré en el texto. El libro era Crónica de una devoción, del también magallanero Francisco Suniaga.

Visitar esas páginas me trajo el recuerdo de mis primeras experiencias lectoras. Cuando era niño, solía acompañar a mi abuela y a mi tía a las librerías y me dedicaba a escarbar en la sección de deportes. Si el precio no era descabellado, salía feliz del lugar, junto a ellas y a una nueva adquisición que se sumaba a una interminable lista de textos sin terminar. Tenía ese defecto: abandonaba a la mitad o cuando ya faltaba poco. No tenía más de 12 años, tampoco podía reprocharme nada, además, ese primer contacto es lo que me acercó a este mundo de las letras.

De vuelta a Suniaga, leerlo me permitió ver los seis juegos contra los orientales, con la permanente sensación de estar acompañado por uno de esos señores que son una biblia del béisbol, no por el registro estadístico, sino por el humano. No hay que olvidar que la pelota es un juego del norte que nosotros domesticamos y recubrimos del calor del Caribe...

Precisamente, lo que hace el escritor margariteño es volver a su infancia magallanera; recordar a su padre en el trayecto de vuelta de la playa, con la emoción de llegar a casa a escuchar el juego dominical del equipo de sus amores, o verse a sí mismo, a Francisco, a través del prisma del recuerdo, sentado en el Estadio Universitario por primera vez. Y lo hace con su pluma desenfadada, sin pretensiones ni contorsiones en la prosa. Es él frente al teclado, con la misma intimidad con la que uno se para en la caja de bateo.

Por supuesto, tras una semana de suspenso, tocamos la gloria de nuevo. El quinto partido lo había visto en el estadio, con la esperanza de ser testigo presencial del logro. No se pudo. Para el sexto fuimos a una panadería cerca de casa, donde siempre hay televisores encendidos. Recuerdo el breve camino de vuelta, alegres, sumidos en el silencio civil de San Diego. Terminé el libro esa misma madrugada y escribí una nota en la última página.

Supongo que esta también es una Crónica de una devoción.

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