La literatura se ha convertido en un ornamento que una parte de la sociedad exhibe para
inflar su ego. No a pocas personas les gusta ir a sitios bonitos, con una estética minimalista
casi predecible, a tomarse fotos mientras leen. Ya no es importante ser culto, sino que a ser
culto se juega; se “performa”, como tanto se repite en redes sociales.
El problema no es el ejemplar de cuarenta dólares de Orgullo y prejuicio que llevan bajo el
brazo al entrar al café, o la naturaleza de sus conversaciones sobre autores —casi siempre
europeos—, y el resto de características que ciertas personas se esfuerzan en acentuar para
utilizar las letras como un factor de distanciamiento con quienes no forman parte de su
clase social. No, ese no es el inconveniente principal.
El verdadero motivo de preocupación es que tanto lectores como algunos trabajadores del
sector editorial han dejado solos a los autores venezolanos. El otro día escuchaba a un
amigo que me contaba la travesía que significaba hacerse escuchar por parte de una
editorial local, dificultad que se suma a toda la logística que ya ha tenido que asumir al ser
un autor autopublicado.
Las dificultades se extienden al público lector. Uno se sienta a revisar los libros
más vendidos en cualquier librería y no encuentra más que un síntoma de nuestra
desconexión casi absoluta con la cultura. Todos los ejemplares se sitúan dentro de los
márgenes de “Hágase rico sin darse cuenta” y “La verdadera felicidad está en tu
interior”, o ese tipo de cosas. Son placebos que ni siquiera están hechos para leerse, sino
para consumirse; para responder a cierta necesidad mercantil de las letras contemporáneas,
que en este caso difícilmente puedan ser consideradas buenas letras.
Todos estos problemas interactúan entre sí y se vuelven crónicos. El resultado es que las
pocas personas que quieren escribir se desilusionan, se sienten solas. Si los astros se alinean
a su alrededor y aprenden a escribir buena literatura, tienen la certeza casi absoluta de que
estarán solos. Las editoriales no tienen recursos para publicar y distribuir, y la gente no
tiene intención de salir de cierta burbuja al margen de la narrativa. Y los que sí leen
novelas, quizás inconscientemente, tienen una visión eurocentrista de la creación artística.
¿Se puede solucionar esto? Sí, en un mundo utópico. El primer y único paso, como
ciudadanos comunes, es interesarnos por lo que se escribe acá, dentro de nuestras fronteras;
en nuestra ciudad o en nuestro país. De vez en cuando no gastar esos treinta dólares que
cuestan los clásicos tapa dura que tanto nos gustan, y destinarlos a comprar un libro de un
autor venezolano. Contribuir al mercado, crear oferta; hacer que las editoriales puedan
volver a ver un negocio en el hecho de prestar un poco de atención a las voces que se tejen
en nuestra cotidianidad. No lo veo posible en este contexto, pero soñar no cuesta nada.





