"La gran literatura es literatura sin causas”, fueron las palabras de Javier Cercas que se viralizaron recientemente tras su participación en un podcast del diario El País de España dedicado a la literatura.
Esa oración en concreto, potenciada por la “¿magia?” del formato reels de Instagram ha dado pie al surgimiento de ciertas opiniones que abogan por deslastrar a los libros de su carácter crítico frente a la sociedad. Sin embargo, estoy casi seguro de que esto no fue lo quiso decir el autor de El loco de Dios en el fin del mundo, sino que se trata de una malinterpretación intencionada que responde al antiintelectualismo en la literatura.
Probablemente lo que Cercas quiso decir es que los escritores no deben asumir posturas moralizantes o pretender erigirse como faros de la decencia y la honradez frente al mundo que les rodea. El autor, en cambio, es consciente de sus sesgos y se muestra como un observador que intenta comprender aquello que vive.
Vuelvo nuevamente a la posición que ha asumido un grupo numeroso de lectores que ve la narrativa como un mero instrumento de entretenimiento. Muchos de ellos anhelan una literatura apolítica, cuando casi todas las grandes historias alguna vez escritas son producto de las fricciones políticas que viven sus creadores. El antiintelectualismo vende la idea de que el consumo masivo de libros vacíos —en algunos casos con tramas repetitivas— es una forma de democratizar el mundo de las letras; que leer no necesariamente debe implicar la tarea de procesar conceptos complejos y que los análisis profundos de los textos tienen un valor casi nulo.
Al margen de lo absurdo de esta visión, no podemos olvidar que gran parte de la obra de nuestros escritores latinoamericanos sí tiene un trasfondo que encierra una causa principal: la crítica de las sociedades que deficientemente hemos construido. No podemos, por ejemplo, asumir que en Doña Bárbara no se transluce un diagnóstico de ese vasto universo que es el llano venezolano, con todos sus defectos y virtudes, y que detrás de él existe la intención de hacer autorreflexión sobre nuestras vidas en comunidad.
No pretendo tampoco emitir sentencias definitivas sobre lo que debe o no debe ser la literatura, no tanto para no contradecir a Cercas como por no tener una definición totalizante de este arte. De lo que sí estoy convencido es de que las obras que han cambiado el mundo son las que nos han mostrado nuestros propios demonios sin edulcorantes. El resto se dispersa y se pierde con el tiempo.





