No recuerdo la primera vez que fui consciente de la existencia de los libros. Lo que sí recuerdo es a Maye leyendo en su mecedora o en su cama hasta llegar a un estado de relajación que bien podría ser un sueño franco
También me veo a mí mismo, con poco más de doce años, acompañándola a ella y a mi tía en los pasillos interminables que se montaban en el estacionamiento del Metrópolis, en alguna edición perdida de la Feria del Libro de la Universidad de Carabobo. Tengo la imagen, más o menos nítida, de ellas tomándose una foto con un autor venezolano cuyo rostro vacío mi mente se empeña en rellenar con las facciones de Leonardo Padrón, aunque sea poco probable.
La figura de Maye está irremediablemente asociada a los libros; su casa —mi casa— también. No era literatura exquisita, fina; alguna traducción exacta de un escritor francés perdido, ni nada por el estilo. Eran —son— textos de a pie, lo de siempre, lo que hace falta en cualquier biblioteca.
Son casi 800 ejemplares ordenados en tres estantes; uno de ellos llega hasta el techo, imponente; los otros dos son un poco más modestos, en posiciones cercanas entre sí. El contenido iba rotando poco a poco, porque a la casa siempre llegaron amigas de la familia —siempre mujeres— a intercambiar compras recientes o publicaciones antiguas. Nunca sentí una particular curiosidad hacia los libros porque nunca los vi como algo ajeno a mi hogar.
A veces me interesaba sobre un tema y se lo preguntaba a Maye. Ella me escuchaba y se iba a escudriñar en las repisas, intentando recordar dónde estará esa autora que hizo una novela sobre la Segunda Guerra Mundial o sobre algún país lejano de Asia. En ocasiones, pasaban un par de días hasta que me llamaba con el libro en la mano
Esa ha sido mi historia con los libros y mi historia con Maye. Es la misma, es indistinguible, hasta hoy en día. Por eso, ante la repetidísima pregunta de cómo hacer que la gente se interese más por los libros, mi respuesta siempre será que deben tener a su propia Maye.
Feliz día del libro.





