Este fue un buen fin de semana. El sábado 21 de febrero tuvieron lugar dos eventos relacionados a la literatura en Carabobo; terminé la jornada con la moral en alto y con el vago sueño de que estos acontecimientos pudieran repetirse con mayor frecuencia.
En las primeras horas del día, Andrés Ramírez, un gran amigo personal, presentó su cuarto libro de ciencia ficción: Noland. Junto a Melany, mi compañera de vida, y a Jesús, otro amigo poeta, asistimos al evento. Un puñado de lectores de 16 prodigios se reunieron en Booksflea Café y acompañaron a Ramírez a escribir otra página de su historia como autor, desde la intimidad.
Poco después, fuimos —todos, incluyendo al padre de la obra recién bautizada— al estreno de GAGAMA, un mediometraje inspirado en tres cuentos de Gabriel García Márquez. Llegamos al Cinearte Patio Trigal justo a la hora, apurados; creo que emocionados también, porque no es habitual pasar un sábado corriendo en una pequeña movida cultural. Supongo que así deben ser otras ciudades más cosmopolitas, porque no nos sentíamos como si estuviéramos en Valencia.
La proyección se demoró un poco, pero nos dejó bastante conformes. El proyecto es obra de un grupo de estudiantes de décimo semestre de la Universidad Arturo Michelena. Este mediometraje también toca una fibra personal, porque formé parte del jurado que evaluó ese trabajo de grado. No les di clases, pero me sentí orgulloso de ellos y de haber sido parte de su proceso.
Cerramos la jornada hablando de libros en un café hasta bien entrada la noche. Escribo esta columna con pinceladas de crónica—qué estimulante puede llegar a ser el periodismo de opinión— con el anhelo de que la ciudad nos pudiese regalar más días así. Me pregunto qué necesita Valencia, el tercer núcleo urbano más poblado del país, para congregar a su gente en torno a la cultura en el día a día. Uno podría aducir algunos motivos, como las dificultades del transporte o las deficiencias del golpeado periodismo cultural, pero al ver la realidad desde un plano realista se tiene la impresión de que sencillamente vivimos de espaldas a aquello que no represente un estímulo sensorial equivalente a TikTok.
Quizás queda un poco de nuestra parte también, de quienes intentamos hacer vida en el entorno literario, hacer un poco más de ruido. No sé. Las reflexiones de este tipo pueden llegar a ser bastante injustas, sobre todo en este insólito mundo en el que vivimos.





