Los manifiestos y los planes que se han presentado sobre el futuro de Venezuela -a partir del cambio político que parece acercarse cada día pero que no termina de ocurrir- son muy atractivos. Pintan un panorama republicano de prosperidad, democracia, libertades, valores y felicidad colectiva que entusiasma. Dibujan lo que será el país dentro de ¿5, 10, 20 años?, con gente próspera, una economía sana mayormente en manos privadas, un gobierno, pequeño pero fuerte, dedicado a sus tareas elementales de seguridad, resguardo del territorio, salud, educación y algo de infraestructura. Un gobierno honesto, comprometido con el manejo sano de las instituciones y las variables macroeconómicas para promover la inversión nacional y extranjera, crear empleos de calidad y generar una riqueza sostenible que le llegue al mayor número posible de ciudadanos.
Hoy, la realidad no tiene nada que ver con los planes y pronósticos. De hecho, para llegar a las metas que se ofrecen hay que construir desde cero, porque los modernos Atilas y sus Hunos chavistas arrasaron con el territorio de una forma brutal y muy efectiva. La construcción no solo será física, que es la más sencilla porque responde a leyes conocidas y se logra con el manejo y la gerencia de cosas: unas tuberías, unas plantas de compresión, piezas de refinería, unas centrales eléctricas, edificios, calles, puentes y autopistas y paremos de contar. Esas son las obras concretas, con forma y dimensiones, las que se pueden predecir y planificar, las que se pueden modelar para que la gente vea cómo van a quedar después de terminadas. La cara B de la reconstrucción es otra cosa; es la más compleja e impredecible, la que no se sabe cuándo se termina ni si es posible terminarla.
Una palabra muy utilizada en los planes a futuro es la larga y compuesta reinstitucionalización. Según uno entiende, se trata de tomar unas instituciones deformadas por el capricho oficial, o sencillamente irrespetadas por los que mandan, y convertirlas en herramientas de respeto a las leyes, castigo a los delincuentes, freno a la corrupción y garantía del ejercicio de la democracia, del balance de poderes y de la tolerancia. Se puede pensar que ese trabajo debe ser encarado con un ejército de especialistas que se sienten a escribir las reformas, a elaborar las nuevas leyes que hagan falta y a pasarlas por los filtros correspondientes para llevarlas a formar parte del cuerpo legal de la república. Y hasta ahí. Una vez que están escritas y aprobadas (no hemos mencionado el proceso de aprobación, que puede ser culebrero) se acabó el problema. A cumplirlas y ya. A poner gente capacitada y honesta que se asegure de repartir premios y castigos según lo que dicten las nuevas normas.
Aquí hay que detenerse un poco en la magnitud de la tarea. Si bien la construcción de un puente o el tendido de un oleoducto tienen parámetros definidos –costos, dimensiones, tiempos de ejecución- cabe preguntarse cuáles son los parámetros que habría que definir para reparar instituciones, crear leyes y organismos independientes de control y aprender –reaprender quizás sería un mejor término- a respetar los balances y contrapesos entre los poderes públicos. Y sobre todo, cuándo, cómo y dónde entrenar a la gente que va a estar a cargo de manejar las instituciones según mandan la democracia y el buen gobierno. En este punto, no podemos olvidar que las instituciones en Venezuela tienen una historia de debilidad crónica que se extiende hasta el siglo pasado: baste recordar la destitución de Carlos Andrés Pérez en 1993 o el perdón a los alzados de 1992 como ejemplos de los deseos personales de los poderosos pasándole por encima a las leyes y a los debidos procesos legales. Lo que vino después, con el chavismo, fue la destrucción masiva y brutal de las reglas de juego y el gobierno basado en decisiones de jefes de montonera, pero el germen estaba ahí, sin olvidar que Chávez fue electo con votos, no con balas.
En síntesis, que mientras que la recuperación de la planta física de la industria petrolera o eléctrica es regresar a lo que había hace 26 años, la reinstitucionalización, según se pretende, es crear desde el barranco actual un país que quizás nunca existió, con una cultura de respeto a las leyes que nos es algo extraña. Lo cual debe dar una idea del trabajo que habrá que emprender para llegar a buen puerto.
Con este artículo me despido del año 2025, y les deseo a mis amables lectores una feliz Navidad y un 2026 lleno de paz y prosperidad. Nos volveremos a encontrar a mediados de enero.




