Para la cultura de la sociedad venezolana, mestiza descendiente de hispanos y vecina y pariente del resto de Latinoamérica, la explicación del mundo tiende más hacia las posiciones polarizadas y extremas que hacia el análisis de variables múltiples. El venezolano, en general, se siente a gusto dentro de las interpretaciones ideológicas, lo cual lo lleva a pensar en la realidad como una consecuencia de la interacción entre bandos antagónicos de buenos y malos, azules y rojos o gringos rubios y morenos criollos. A partir de esta creencia, el sistema de valores dominante, con su componente afiliativo y con la gran importancia que se le otorga a las relaciones personales, no encuentra otro camino que insertar a los demás en las únicas categorías disponibles, esto es, son aliados o son oponentes, con lo cual se concluye que las diferencias de opinión no son sanas ni saludables, sino más bien un componente perturbador de la vida en comunidad. En consecuencia, los críticos, los disidentes y los de la acera del frente quedan reducidos al simple papel de enemigos, sujetos a castigo en la primera oportunidad que se presente.
Hace unos meses escribí en un artículo mi experiencia como participante de un chat, creado para apoyar desde la diáspora el empuje de las fuerzas opositoras al chavismo. Mientras las opiniones fueron homogéneas el ambiente fue cordial y armonioso, hasta que se me ocurrió emitir un par de cuestionamientos a la posición de un miembro –el coordinador- del grupo. De ahí en adelante mi lealtad se puso en duda, así como mi posición política, y para hacer el cuento corto abandoné el chat entre calificativos de saboteador y quintacolumnista. En días pasados, un conocido periodista venezolano le sugirió a María Corina Machado reclamarle a Donald Trump el tema de los TPS para los venezolanos, y fue casi que cancelado y abiertamente tildado de chavista y alacrán por la turba que se formó para defender el pensamiento único del momento; ese que dice aquí no se habla mal de Trump.
Y es que en Venezuela seguimos insultando al que dice algo con lo que no estamos de acuerdo: en lugar de debatir las ideas, se empieza por embestir al que las expresa, porque perece que las opiniones no generan opiniones sino insultos. Aún no hemos entendido que las ideas se pueden patear y no pasa nada, mientras que agredir a las personas –además de violento y poco democrático- paraliza los debates e impide liberar el valor que se genera con una buena –y civilizada- discusión. La intolerancia es un rasgo dominante del chavismo, que no admite diferencias y encarcela a los disidentes, pero también sucede dentro de la oposición y, en general, en todas partes donde el colectivo se exprese, empezando por las redes sociales.
Por ahí viene la democracia, dice la opinión mayoritaria. Y con ella vendrán las libertades, la prosperidad y el regreso a casa de millones de migrantes. Hay planes cuidadosamente elaborados que prometen convertir a Venezuela en la joya de América Latina, en un país lleno de excelencia y oportunidades para todos. Pero esos planes no parecen tomar en cuenta la variable cultural, las creencias y valores del soberano, las dificultades en construir consensos y la resistencia a la crítica, entre tantos otros rasgos sociales que habrá que insertar en las ecuaciones del cambio por venir. Al mismo tiempo que se licitan activos petroleros, se privatizan los servicios básicos y se reestablecen las libertades debemos mirar hacia adentro y preguntarnos cuán preparados estamos para vivir en democracia, cuánto nos falta y por dónde se aprende. Observando el comportamiento colectivo, de la impresión de que todavía hay que andar un buen trecho para que Venezuela sea tierra de sanos debates y acuerdos, en lugar de gritos, insultos y “conmigo o contra mí”.




