Soy joven o al menos eso dice mi documento de identidad. Cédula “27”; con 25 años de edad, pero un rostro “adelantado” a su tiempo —lindo eufemismo para decir que en realidad aparento ser mayor—. Las escasas dos décadas y media que he pasado en este planeta están relacionadas con esta columna porque he crecido y ejercido el periodismo en las particulares condiciones en las que se encuentra Venezuela desde hace ya bastante rato.
No recuerdo haber soñado con cambiar el mundo con algún reportaje impactante o cualquiera de esos sueños cándidos que tienen los estudiantes de esta profesión. En general, creo que nadie de mi generación pensaba en esas cosas. Conocíamos el país que vivimos, sabíamos que siempre ha habido rincones oscuros a los que no se puede acceder. Sí estudiamos, nos fajamos. Éramos otro tipo de universitarios; siento que los muchachos han cambiado mucho en poco tiempo. Hicimos crónicas, muchas crónicas. Tuvimos grandes profesores que nos salvaron de la desidia. No fue hace tanto, pero parece una eternidad.
Sin embargo, esta no es una misiva alentadora; de aquello no queda mucho en nosotros. La profesión está mal pagada, los medios de comunicación sucumbieron ante la pandemia del clickbait y los periodistas han dejado de ser profesionales para convertirse en marcas personales que monetizan su incursión en un oficio degenerado en espectáculo…
En medio de ese panorama me encontraba yo hace un año. No tenía trabajo, el país caminaba dando bandazos y ejercer aquello de lo que me gradué era más bien una cosa utópica. Sentía que la pluma se me enfriaba en el tintero. Estaba convencido también de que quería poner un granito de arena para resolver aquel desastre que nos rodeaba a todos —y que, como no es nada complicado constatar, no ha hecho más que continuar—. Quería escribir y quería publicar, pero hacerlo en un lugar que valiera la pena. Ya me había sentido mercenario en el pasado reciente y no tenía muchas ganas de volver sobre mis pasos.
En ese momento intenté contactar a los directivos de este diario, uno de los pocos que mantienen la frente en alto por estos lares. La Sra. Carolina González escuchó mi propuesta y me refirió a Alejandro Villalobos. Me dieron luz verde para soltar las amarras, izar las velas y zarpar en este tempestuoso mar de letras, que he navegado, no sin la certeza de estar solo por momentos. Bueno, en honor a la verdad, mi tripulación está compuesta por mis fieles marineros Maye, Enma, Feyxy, Mercedes, Octavio y Melany, ellos sí van conmigo. De resto, los lectores de estos espacios no suelen abundar, aunque me he llevado gratas sorpresas con un par de desconocidos que aseguran haber leído algo que alguna vez publiqué.
En estos doce meses también me ha abrumado la convicción de que este es un proyecto particularmente ambicioso para mí y que quizás no sea tan bueno como para sostenerlo. Escribir es una actividad que hemos desarrollado durante milenios y hablar de autores es un reto intimidante en este mundo literario. No obstante, tengo la ligera certeza de que, si llego a cumplir las mínimas expectativas, cuanto menos, podré sumarme al rescate de un país que todavía existe en la memoria colectiva. Nada es más edificante que debatir sobre la verdadera cultura; aquella que escapa del espectáculo, aquella que sí refleja el pensamiento profundo de una sociedad.
Espero tener la oportunidad de celebrar más años en este espacio. Albergo la esperanza de que el próximo texto aniversario esté ubicado en una página perdida de El Carabobeño impreso, que ya para ese entonces habrá vuelto con todo su esplendor. Por algo será.
