Hasta ahora, en este proceso que llamamos la transición venezolana, el gobierno chavista, siempre con un poco de arrastre de pies, va siguiendo las órdenes que vienen del Norte, bajo la amenaza de que puedan regresar las extracciones quirúrgicas y algún otro funcionario de la cúpula termine junto a su cónyuge en una cárcel imperial. Entretanto, el soberano espera, con mayores o menores expectativas. Alguna gente se alivia pensando que estamos mucho mejor que hace 3 meses, mientras que otra se impacienta, se queja de la lentitud con que se mueve el cambio y protesta por los cientos de presos políticos que quedan en las cárceles o por los sueldos de miseria que siguen ganando los trabajadores o por todas las razones por las que se puede protestar en Venezuela. Apenas este 12 de marzo, una manifestación de rechazo al alto costo de la vida se aventó hasta la plaza Bolívar de Caracas y más allá, hasta la sede de la Asamblea Nacional, con cierto hostigamiento de los cuerpos de seguridad pero sin mayores enfrentamientos.
En medio de la obligada incertidumbre, pareciera que la fase actual de estabilización debería moverse hacia una especie de régimen híbrido, en el cual las figuras más relevantes –sobre todo los radicales- que hoy tienen posiciones de mando fuesen reemplazadas, en la medida de lo posible, por moderados y por gente de signo opositor, a fin de ir conformando un equipo de gobierno capaz de cumplir una doble tarea, bastante complicada: mantener la estabilidad política y social, incluido el control de los cuerpos represivos, los colectivos y las fuerzas armadas, al tiempo que se prepara una convocatoria a elecciones –esta vez limpias y competitivas- que permitan regresar al país a la República que fue hasta el siglo pasado. El proceso no parece tener tiempos ni cronogramas; solo una dirección aproximada cuyo destino y momento final dependerán del crédito de Marco Rubio con Donald Trump, de la guerra en Irán, del control migratorio y de todos los asuntos que ocupen la mente del poder ejecutivo de los EEUU, que deben ser bastantes.
A la fecha, no hay ni ha habido indicios de una movida rápida hacia la democratización del país; aunque se han dado algunas destituciones y nombramientos que parecen cumplir con el plan de las 3 fases (la nueva ministra de Hidrocarburos podría ser un ejemplo) el dominio chavista en el gobierno, incluyendo a los radicales, sigue siendo casi absoluto. El liderazgo opositor no tiene mayor influencia en las decisiones de Estado, ni figura en el equipo de las posiciones influyentes –en Venezuela o en USA- con el peso necesario para acelerar la salida de la dictadura y activar su reemplazo por una democracia con un mínimo de estabilidad. La velocidad del rescate va lenta, y los negocios –petroleros, mineros y otros- que se están proyectando podrían apuntalar al interinato y dejarlo por un tiempo más largo de lo que la mayoría desea (o de lo que sería deseable).
Al final, no queda de otra sino reconocer que la transición depende mayormente de actores externos y aceptar que el país está siendo tutelado hacia un futuro que luce prometedor, pero que es ajeno a nuestras decisiones. Aquí, cabría salirse un poco del molde y mudarse a preguntas que muy poco se plantean, ocultas detrás de la euforia por la salida del chavismo y la impaciencia con la llegada de las libertades. Preguntas que quizás parezcan inoportunas, aguafiestas y fuera de lugar pero que resultan pertinentes para la hoja de ruta de los próximos años (o lustros o décadas) ¿Cómo se le va a dar la bienvenida a la democracia, luego de que la sociedad misma se la regaló al chavismo? ¿Ha cambiado la cultura colectiva que iba de un caudillo a otro, hasta ver si conseguía el rey perfecto? ¿Ya apareció el iluminado bueno, o es que por fin el soberano entendió que la democracia se construye entre todos y es responsabilidad de todos? ¿Está claro que el líder que se elija no va a llegar a reparar todos los entuertos, sino que serán sobre todo los ciudadanos los que exijan, respeten, controlen y mantengan el sistema de libertades y respeto a las leyes? Y por cierto, el camino que conduce a una cultura democrática y próspera no depende de ningún tutelaje; es y debe ser obra de nosotros mismos.




