Tras el deceso materno, dos hermanas se confrontan con su propia historia personal. Bajo la dirección de Joachim Trier, la cinta explora cómo la figura paterna, un cineasta distante, condiciona las trayectorias vitales de sus hijas. Un relato sobre la búsqueda de redención, el desgarro afectivo y la posibilidad de alcanzar la paz interior mediante el arte.
Caracas. El hogar es la continuación del Big Bang de la existencia; el inicio de los derroteros de la vida. Es esa infancia que determina la adultez, incluso en el más recóndito sentimiento.
Valor sentimental es de esas películas que han pasado por debajo de la mesa, atrincheradas cabalmente en las pantallas del Trasnocho Cultural. Cuenta la historia de las hermanas Nora y Agnes, quienes se reencuentran tras la muerte de su madre. Nora (Renate Reinsve) es una actriz de teatro, mientras que Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), quien fuera una actriz infantil, terminó convirtiéndose en historiadora. Dos maneras distintas de responder al influjo hogareño.
El padre es Gustav Borg (Stellan Skarsgård), un célebre cineasta que abandonó el hogar cuando ellas eran jóvenes. Aquel entorno familiar se fundamentó en un triángulo cuyo otro vértice era la madre. Dirigida por Joachim Trier, esta película noruega maneja hábilmente sus códigos para subrayar sus mensajes.
De la madre, quien se quedó en casa al cuidado de las niñas, se conoce poco tras su fallecimiento; tan solo que atendía a sus pacientes mientras Nora escuchaba a escondidas lo que ella decía a extraños para aliviar sus aflicciones. Eran palabras para foráneos mientras su incendio interno se intensificaba.

El autor insiste en la ausencia del famoso padre y en la repercusión que esto tiene para ambas hermanas, al tiempo que trabaja la paradoja de la presencia ausente de la madre en lo que queda de hogar. Así, Valor sentimental se desarrolla en una constante tensión por el reproche acumulado de ambas mujeres, aunque expresado de maneras diferentes.
Nora se debate en el escenario entre la perfección y la ansiedad, como si su padre estuviera siempre en un palco, de incógnito, observando a su hija en su realidad de ficción. Por su parte, Agnes marca distancia con el dolor mediante su profesión, una forma de alejarse de aquel recuerdo en el set que fue la cercanía más palpable con quien las abandonó.
En pleno velorio reaparece el padre, como quien no tiene nada que explicar, portando una obra con la que busca redención. Escribió un guion para que Nora lo protagonice, pero ante la inseguridad de ella, decide dar un giro contundente: busca una salida cotidiana a la realidad y le ofrece el papel a una estrella de Hollywood, Rachel Kemp (Elle Fanning), quien no duda en aceptar la invitación de un cineasta de ese nivel.

Es ahí cuando Valor sentimental se convierte en un viaje hacia la aceptación con miras al perdón. Una obra con los silencios necesarios para incitar la reflexión, con actuaciones que parecen sangrar cuando el personaje exige desgarro, para luego cicatrizar inmediatamente cuando el sosiego es preciso.
Con nueve nominaciones al Oscar, entre ellas Mejor película, es de esas joyas que merecen más.
El arte, como manifestación del poder creador, es también una búsqueda de redención para quienes no tienen otras palabras más que los caminos tomados por sus obras. Ese es el poder del filme: inscribirse en su propia propuesta para que los personajes no se reencuentren a través de métodos convencionales.

