La zuliana estuvo a punto de morir debido a complicaciones médicas hace unos años, pero sus ganas de luchar la encaminaron a su segunda oportunidad de vida en pro de los demás.
Maracaibo. Maryory Chourio, de 30 años de edad, era una mujer proactiva, trabajaba como supervisora en una fábrica de productos químicos, tenía una casa, dos hijos y pagaba su primer carro. Era el año 2011. Todo parecía ir bien, pero repentinamente su salud comenzó a deteriorarse.
El primer síntoma que recuerda fue la falta de aire, luego comenzó a tener fallas en su periodo menstrual y cada vez le era más difícil ir al baño. Dice que así la alertó su cuerpo porque algo andaba mal.
“Justificaba una cosa con la otra, pero no es hasta principios de 2012 que comenzaron unas fiebres muy fuertes, esporádicas y que llegaban hasta los 42 grados, a punto de convulsionar”, recuerda.
La salud de Maryory se complicó al punto de que le costaba orinar y cuando lo hacía, el dolor era insoportable. Luego presentó pérdida de peso, baja hemoglobina y crecimiento del abdomen. Hasta que un día todo colapsó, no se pudo parar de la cama, quedó en posición fetal y se depuso encima.

La llevaron a emergencia y comenzaron a hacerle estudios, pero ningún médico daba con la causa, hasta que un ginecólogo, amigo de la familia, dijo que había que operarla inmediatamente. Maryory tenía el útero congelado y en el resultado de la tomografía no se podían diferenciar sus órganos.
Comenzó el calvario
Durante la operación, los médicos descubrieron que Maryory tenía un tumor de seis kilos y medio que empezaba en el útero y se apelmazaba en el intestino. Tenía comprometido el hígado, la uretra, el riñón derecho, el páncreas, el estómago y los pulmones. El diafragma estaba comprimido en un 40 %. Esa era la razón de todos sus síntomas y dificultades respiratorias.
La primera cirugía duró 18 horas. Su médico fue el único que no desistió ni un solo minuto, porque de 12 médicos que estaban operando, más de la mitad abandonaron.
“Dijeron que era una pérdida de tiempo, que no valía la pena seguir operando. Hay que cerrarla y mandarla a la casa con tratamiento a ver qué pasa y cómo evoluciona”, recuerda que decían los médicos.
Para Maryory, el compromiso moral de su médico fue lo que ganó la batalla. Extrajeron la masa tumoral, pero no hicieron la histerectomía. Decidieron salvar su vida con una colostomía, pero no se imaginaron todo lo que vendría después. La paciente además tenía una rectocolitis ulcerosa hemorrágica.
“Eso significa que tengo una serie de úlceras que van creciendo por todo el sistema digestivo y van degenerando las paredes del intestino. Lo que ocurre es que se rompe, es como una sedita frágil. Por eso cuando comenzó la recuperación, con la ingesta de alimentos, los intestinos comenzaron a romperse y una cosa llevó a la otra”, cuenta.
“Mami, me descosí”
La segunda cirugía vino luego de que Maryory se levantara asustada de la cama, debido a que otra paciente comenzó a convulsionar. “Cuando me levanté comencé a vomitar las heces y tuvieron que bajarme de emergencia al pabellón, se me habían roto los intestinos”.
Estuvo séptica y luego de 15 días más en la UCI la devolvieron a la habitación, pero nuevamente cuando intentó caminar, en el proceso de recuperación, pasó lo peor.
“Cuando me bajé de la cama todos sintieron como cuando rasgas una sábana, me puse la mano en el abdomen porque toda la herida central se abrió, le dije a mi mamá: ‘Mami, me descosí”.

La dieron de alta tres meses más tarde con una dieta sumamente estricta y la colostomía cambió a una ileostomía. Al cabo de unas semanas presentó un déficit de electrolitos.
“Me entumecí al punto que perdí 15 centímetros, me retorcí, me endurecí toda, tenían que darme agua con gotero porque la mandíbula se me trabó. Estaba completamente rígida porque tenía bajo el potasio, el sodio, los electrolitos, el calcio, mis valores estaban casi en cero”, a este proceso se le conoce como hipocalemía, cuenta.
Esa descompensación le causó pérdida de colágeno y elastina que no le permitió una correcta cicatrización y la herida se volvió a abrir. “No me podían agarrar puntos porque mi piel no los aguantaba y cedía. Dejaron que cerrara por segunda intención, las curas eran la muerte en vida porque me hacían raspado sin anestesia, es una cosa que no puedes explicar”.
De nuevo a pabellón
Un año después, descubren que tiene una obstrucción intestinal, su abdomen se puso morado, estaba séptica y de emergencia le hicieron la cuarta cirugía.
“Las complicaciones fueron tales que estuve tres meses en coma inducido en UCI. No podían cerrar la herida porque tenían que hacer lavados diarios, precisamente por el nivel de infección que tenía”, cuenta.
Ese año le hicieron tres cirugías más, la desahuciaron y en dos oportunidades fue declarada muerta por 15 minutos. Así pasaron seis meses y siete cirugías.
El tercer año fue el más saludable para Maryory, pero el más terrible a nivel emocional. Ya no eran las heridas del cuerpo las que le dolían. Era enfrentar la nueva realidad, perdió su casa, su carro, la persona con la que se había comprometido la abandonó, su mamá tuvo que dejar su trabajo en Puerto La Cruz para dedicarse a ella, dependían de dos familiares económicamente, vivían arrimadas y separada de sus hijos y así un choque emocional tras otro que la mandó directo a terapia.
“Ese año fue muy difícil, pensé en suicidarme y le pedí mucho a Dios que me quitara la vida, así terminaba el sufrimiento para todos. Fue un tiempo muy duro”, confiesa.
Autosanación
Las terapias psiquiátricas la ayudaron a comenzar un proceso de autosanación. “Pude volver a poner mi cerebro en orden, a entender que tenía una nueva oportunidad y debía hacer que valiera la pena. Renací mental y espiritualmente. Me tocó una lección de vida y digamos que le presté atención al maestro y la aprendí”.

Poco a poco retomó su vida, comenzó a trabajar haciendo manualidades y al cabo de un tiempo ya tenía su propio emprendimiento, pudo mudarse sola y recuperó a sus hijos.
“En 2015 fuimos a pabellón de nuevo para hacer la restitución intestinal, logran quitar la bolsa pero hice una fístula y ahí es donde se completan las 10 cirugías”, resume.
Finalmente, ese mismo año lograron la restitución intestinal de Maryory. Durante el lento proceso de recuperación comenzó a visitar en el hospital a otros pacientes con colostomía. Ella siempre tuvo la inquietud sobre la falta de información que el paciente con esta condición recibía y se dedicó a dar charlas.
Faciu brinda una mano amiga
Durante el año 2014, Maryory creó un grupo de apoyo a través de Facebook, hasta que por insistencia de los mismos médicos tratantes y de sus compañeros de lucha, en 2017 registró la Fundación de Apoyo para Personas con Colostomía, Ileostomía y Urostomía (Faciu).
Ahora atiende su fundación que ya alcanza 300 pacientes que acuden mensualmente a ella para buscar insumos.
Enfrentarse día a día con las situaciones particulares de los que asisten a la fundación lo describe como una montaña rusa, pero aun así está convencida de seguir ayudando y brindando una mano amiga.
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