Protagonizada por Adrien Brody, la película está nominada a 10 premios Oscar. Cuenta la historia de un judío que busca rehacer su vida en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.
Caracas. En los años cuarenta, el arquitecto László Toth viaja a Estados Unidos. El escape por la vida en tiempos de posguerra.
Es un genio en su área, su obra ha sido reseñada en las revistas más prestigiosas de arquitectura, pero llegó la guerra y sus trazos no tenían valor en el nazismo. En Estados Unidos espera reconstruir su vida, pero todavía falta su esposa. Separados en el horror.
En Pensilvania comienza el nuevo camino. Trata de sobrevivir en la lúgubre etapa de quien inicia de cero. Ya no hay temor por el exterminio, pero se afianza el vacío de lo que está incompleto. Un país que resulta inmenso, no solo físicamente, sino en lo indescifrable de sus formas para quien no tuvo más opción que la promesa.
La construcción de un edificio como simbolismo en dos perspectivas. El concreto como representación de lo que se aspira. La búsqueda de la luz.
El brutalista es una película que justifica la existencia del cine. El uso de la imagen y la palabra en su más justa medida. El silencio que no es tiempo perdido, como decía Cerati, y las palabras que enaltecen la pertinencia del momento apropiado. Cada toma está en su justo minuto. Nada sobra, nada falta.
Adrien Brody navega en la tormenta de su personaje, un arquitecto judío atrapado entre la ausencia y el poder de un acéfalo. Una película que permanece en la mente, busca y consigue su trascendencia sin lugar a dudas.

En sus primeros minutos resalta la oscuridad. László Toth llega en barco a Nueva York. Emerge de las entrañas de la embarcación, junto con otros en un depósito humano repleto de incertidumbre.
El director de El brutalista, Brady Corbet, presenta a la Estatua de la Libertad desde esa perspectiva. Es lo primero que ve el arquitecto. Pero luce al revés, una intención muy atinada a lo que será la vida del personaje: tratar de enderezar lo que parece irremediable.
Los primeros días de László en Estados Unidos son de completa miseria. En los bajos fondos de Filadelfia, trata de mantener cierta cordura con la esperanza de traer a su esposa al país. Un familiar lo alberga por unos días, tiempo en el que se involucra en una extraña dinámica con sus anfitriones, dueños de una mueblería que ve su oferta renovada con los diseños de László. Sin embargo, prevalecerá la desconfianza hacia quien representa el origen que ellos quieren dejar atrás.
Toca sobrevivir en comedores populares, albergues y deslices con opiáceos que se inyecta con fervor, como si cada pinchazo fuera la puerta de emergencia del edificio que se incendia.
Su vida cambia cuando conoce a Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), un empresario millonario que primero lo rechaza, pero cuando se entera de su pasado, de su formación en la Escuela de la Bauhaus, y de su prestigio como arquitecto antes de la guerra, decide contratarlo para que lleve a cabo uno de sus sueños: una construcción de un centro de formas colosales que sirva para distintos usos en su comunidad.
Y es así como el protagonista de El brutalista ve la oportunidad no solo de salir de abajo, sino volver a su arte. Porque László considera que sabe cómo imponerse en esa lucha entre ganancia y propuesta artística.
Pero la construcción no será fácil. Surgirán distintos obstáculos, incluso tensiones con el mandamás ególatra que cree dominar a todos. No tiene problema en humillar a quien dice admirar con tal de mantener su lugar de preponderancia.

El director, de tan solo 36 años de edad, también es guionista de El brutalista junto con Mona Fastvold. Llevan al espectador a un ambiente de total tensión, en el que las distintas aspiraciones humanas saldrán a relucir, con el subsiguiente resultado de lo que obnubila sin reflexión, hasta lo siniestro.
László vivirá cierta distensión cuando finalmente llegue a Estados Unidos Erzsébet Tóth (Felicity Jones), pero en realidad todo lo que los rodea los superará cada vez más. Una actriz que se suma al concierto desgarrador de interpretaciones junto con Adrien Brody y Guy Pearce.
El colosal edificio se construye a duras penas, un simbolismo de la crudeza de lo que vive László. Los materiales de construcción expuestos de manera frontal, con sus marcas de existencia, con los cimientos de oscuridad y la aspiración por la luz superior, que luce imposible de alcanzar; además de la pulcritud de un mármol de Carrara, un recordatorio de uno de los momentos visuales más poderosos del largometrajes de tres horas y media, pero también lugar de uno de los momentos más determinantes de la trama.

El brutalista es gamberra, y a la vez hermosa. No hay una intención de pinceladas edulcorantes, los terrible es terrible y lo contemplativo evoca a una espera por la belleza. Cada escena invita a seguir, a esperar qué ocurrirá en la siguiente. Nada está al azar. Como un rompecabezas, cada elemento está justificado.
La película está filmada de una forma que pareciera que el público contempla una historia basada en alguien que existió, todo es tan cercano, en sentimientos y maneras. De hecho, que se rodara en formato Vistavision refuerza aún más el traslado a una época.
En El brutalista cada detalle cuidado en la construcción del personaje. Se nota que es una película con esmero quirúrgico, pero también con una profunda comprensión de la humanidad de su protagonista y su entorno. Merecidas las 10 nominaciones al Oscar, y pudieron haber sido más sin problemas.